Hay estructuras invisibles que sostienen el peso entero del mundo. Algunas, como el intrincado bosque de las células piramidales, habitan en el silencio de nuestro propio cráneo; otras, no menos complejas, son los acuerdos morales y jurídicos que evitan que la civilización se derrumbe sobre sí misma. A menudo cometemos el error de pensar que la ciencia biológica y la filosofía del derecho pertenecen a reinos separados, cuando en realidad ambas buscan desentrañar el mismo misterio: cuál es el lugar exacto que ocupa el ser humano en el vasto y a menudo hostil universo.
Esta primavera de 2026, la actualidad nos obliga a dirigir la mirada hacia la Universidad de Salamanca, el mismo claustro donde la encrucijada de Unamuno resonó hace casi un siglo. Su Majestad el Rey Felipe VI ha aceptado la Presidencia de Honor del V Centenario de la Escuela de Salamanca, un movimiento intelectual que, en pleno siglo XVI, cambió para siempre el curso del pensamiento occidental. Figuras titánicas como Francisco de Vitoria, Domingo de Soto o Francisco Suárez sentaron allí las bases de conceptos asombrosamente modernos: los derechos humanos, la libertad de conciencia y el derecho internacional.
Apenas unos días antes de comunicarse esta decisión, el monarca presidió en el histórico Paraninfo salmantino la investidura como doctor honoris causa del presidente de la República de Italia, Sergio Mattarella. Y en su discurso de aceptación, el mandatario —antiguo juez del Tribunal Constitucional italiano— trazó una línea directa entre aquellos pioneros del siglo XVI y nuestra frágil modernidad.
El vacío del poder y la tiranía de la fuerza
Vivimos tiempos de profunda zozobra, donde las viejas certezas parecen disolverse. En su magistral intervención, Mattarella advirtió sobre el desmantelamiento del sistema de control de armamentos y el abandono de las organizaciones operativas de las Naciones Unidas. Recordó que el artículo 2 de la Carta de San Francisco prohíbe expresamente el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado. Paralelamente, enfatizó que el artículo 55 consagra el respeto universal a los derechos humanos, elevando la dignidad de la persona por encima de los asuntos internos de los países.
Cuando estos pilares ceden —señaló el presidente italiano evocando al historiador Johan Huizinga y su célebre diagnóstico de 1935 sobre las sombras del mañana— lo que queda es un vacío, una arbitraria tierra de nadie, un retroceso hacia la ley del más fuerte que castiga a los pueblos más pobres y vulnerables. El jurista José Ramón Chaves, en una lúcida reflexión sobre este solemne acto, resumió el mensaje con claridad: «La legitimidad de votos o elecciones jamás comporta legitimidad para la arbitrariedad, ni para la agresión a otro estado, ni para atacar la dignidad humana».
Esta advertencia sobre los peligros de una civilización que avanza tecnológicamente pero retrocede moralmente no nos resulta ajena. Es, de hecho, el mismo temor que atormentó a Santiago Ramón y Cajal durante los últimos años de su vida.
La amarga lucidez del sabio
Cajal, que había dedicado su existencia a cartografiar la majestuosa perfección del cerebro humano fundando la neurociencia moderna, observaba con profunda amargura cómo ese mismo órgano —el culmen de la evolución biológica— era utilizado para orquestar matanzas sin precedentes durante la Primera Guerra Mundial. Para el sabio aragonés, el intelecto desprovisto de un sustrato ético era una aberración de la naturaleza.
En sus Charlas de café (1920), Cajal dejó plasmada su convicción más honda sobre el deber del conocimiento:
«La Humanidad selecta no puede ni debe ocultar su vida, sino trabajar públicamente para facilitar y ennoblecer la de los demás.» — Santiago Ramón y Cajal, Charlas de café (1920)
Cajal comprendió que la ciencia, por sí sola, no salva. Sin un marco moral como el que soñaron los escolásticos de Salamanca —una conciencia europea antes de que Europa existiera como proyecto político, en palabras del rector Juan Manuel Corchado— la tecnología no es más que una herramienta para perfeccionar la barbarie.
El viento que el mundo necesita
La Escuela de Salamanca entendió en el siglo XVI que todo ser humano, por el mero hecho de existir, poseía una dignidad inalienable. Tres siglos después, bajo el ocular de su microscopio, Cajal demostró que esa dignidad residía en un cosmos interior de una belleza sobrecogedora: miles de millones de neuronas tejiendo la arquitectura del pensamiento. Unos mapearon la arquitectura del derecho; el otro, la arquitectura del alma. La propia Escuela Neurológica Española, con brillantes investigadores como Achúcarro, del Río-Hortega y Fernando de Castro, demostró que la ciencia de excelencia no prospera en el aislamiento, sino en la cooperación intelectual.
Ambas visiones confluyen en la necesidad de proteger la herencia intelectual de la humanidad. Cuando Mattarella se dirigió a los estudiantes en el Paraninfo salmantino, les recordó que en el conocimiento y el espíritu crítico encontrarían la fuerza para ser «ese viento que no conoce fronteras».
«Mientras el cerebro sea un misterio, el universo continuará siendo un misterio.» — Santiago Ramón y Cajal, Reglas y consejos sobre investigación biológica
Preservar y transmitir los espacios de libertad es un cometido ineludible de todas las generaciones. La celebración de este V Centenario de la Escuela de Salamanca, bajo la presidencia de honor de la Corona española, no es un mero ejercicio de nostalgia académica. Es un recordatorio vital de que el derecho internacional y la ciencia no son disciplinas estáticas, sino faros que debemos mantener encendidos frente a la oscuridad.
Porque si la historia de la Escuela de Salamanca y el inabarcable legado de Cajal nos enseñan algo, es que la verdadera conquista del ser humano no reside en dominar a los demás por la fuerza, sino en comprender, con asombro y humildad, la infinita complejidad de nosotros mismos.
Bibliografía y referencias
Chaves, J. R. (2026). Salve, Sergio Mattarella, los demócratas te saludan. delaJusticia.com. https://delajusticia.com/2026/03/23/salve-sergio-mattarella-los-democratas-te-saludan/
De Castro, F. (2019). Cajal and the Spanish Neurological School: Neuroscience Would Have Been a Different Story Without Them. Frontiers in Cellular Neuroscience, 13, 187. https://doi.org/10.3389/fncel.2019.00187
Huizinga, J. (1935). In de schaduwen van morgen. H.D. Tjeenk Willink & Zoon.
Sánchez Álvarez-Insúa, A. (2007). Con el pensamiento vivo de Cajal cien años después. Arbor, 183(727), 631–635. https://doi.org/10.3989/arbor.2007.i727.132