En 1920, Santiago Ramón y Cajal fundó el Instituto que lleva su nombre con una convicción que para él tenía fuerza de axioma: el conocimiento científico no puede ser patrimonio privado. La ciencia que no se comparte no es ciencia; es acumulación. El investigador que esconde sus datos no investiga; especula. Esta convicción, forjada en décadas de publicaciones internacionales, de correspondencia con los mejores cerebros de Europa y de lucha contra el oscurantismo académico español de su tiempo, late hoy con una vigencia renovada en el corazón del organismo que Cajal ayudó a edificar.

El Consejo Superior de Investigaciones Científicas acaba de alumbrar, a través de su Instituto de Estudios Sociales Avanzados (IESA-CSIC), la primera infraestructura nacional de información científica construida exclusivamente sobre fuentes e identificadores abiertos. Se llama Sílice — Sistema de Información sobre la Literatura Científica Española — y representa, en el lenguaje de Cajal, no una herramienta sino una doctrina: la doctrina de que la soberanía del conocimiento científico español no puede seguir siendo rehén de intereses corporativos ajenos.

Instituto de Estudios Sociales Avanzados IESA-CSIC

El problema que Cajal no pudo resolver

Cajal publicó en revistas españolas cuando nadie las leía y en revistas alemanas cuando nadie en España lo apoyaba. Comprendió antes que casi nadie que la visibilidad de la ciencia no es un lujo estético sino una condición de su existencia: una investigación que nadie conoce es una investigación que no existe. Pero la visibilidad en su tiempo dependía de los editores, de las academias, de las redes de influencia que él, aragonés terco y sin padrinos, tuvo que conquistar a pulso.

Un siglo después, el problema persiste bajo otra forma. La visibilidad y evaluación de la ciencia han estado supeditadas durante décadas a las grandes bases de datos comerciales — Web of Science, Scopus — que operan, como señala el investigador principal de Sílice José Luis Ortega, bajo lógicas similares a las de un mercado de valores: priorizando la rentabilidad de las revistas sobre el rigor del impacto científico y social.

Sílice nace para romper este círculo.

La arquitectura de la independencia

El sistema actúa como nodo de agregación de las fuentes más potentes del movimiento de ciencia abierta: OpenAlex, catálogo gratuito y masivo de documentos académicos; Crossref, fuente bibliográfica para el seguimiento de metadatos; ORCID, registro abierto que garantiza la identificación unívoca de investigadores; y ROR (Research Organization Registry), que provee identificadores persistentes para todas las organizaciones de investigación.

El resultado es una base de datos que ya supera los 3 millones de publicaciones, 40 millones de citas y perfiles para 117.000 autores españoles, accesible mediante una interfaz web y una API para análisis a gran escala.

Métricas responsables: la herencia de Cajal contra el factor de impacto

Sílice se alinea con la Declaración de San Francisco sobre la Evaluación de la Investigación (DORA) y la Coalición para el Avance de la Evaluación de la Investigación (CoARA), priorizando métricas que valoran la calidad intrínseca del trabajo y su impacto social sobre el mero conteo de citas. Se enmarca además en la Estrategia Nacional de Ciencia Abierta 2023-2027.

El CSIC como custodio de dos legados

El CSIC custodia el Legado Cajal — los 1.800 dibujos originales, las 17.150 preparaciones histológicas, la correspondencia, los microscopios, la medalla del Nobel — y ahora alumbra Sílice, la infraestructura que garantiza que la ciencia española del presente y del futuro sea igualmente accesible y libre.

«Las infraestructuras abiertas son herramientas fundamentales para la independencia de la investigación científica», afirman desde el IESA-CSIC. Don Santiago, que pasó media vida peleando por esa independencia con una cámara fotográfica, un microscopio y una pluma, no hubiera podido decirlo mejor.

Fuentes