Han pasado apenas unos días desde aquel jueves 5 de marzo de 2026, pero el eco de lo acontecido en la sede histórica de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (RAC) sigue resonando con una fuerza inusitada. La magistral conferencia “Geología, clave para el origen de la vida y su búsqueda extraterrestre”, impartida por el Dr. Jesús Martínez Frías, nos obligó a alzar la mirada hacia el firmamento con la misma reverencia, asombro y sed de verdad con la que don Santiago Ramón y Cajal se asomaba al ocular de su microscopio. En este 9 de marzo, meditamos sobre las profundas implicaciones de este encuentro, que no consistió en una simple exposición de datos planetarios, sino en una auténtica liturgia humanista y científica.
El Dr. Jesús Martínez Frías —filiación CSIC-IGEO/ RAC-RADE, miembro misiones a Marte rovers Curiosity y Perseverance, NASA — encarna la voluntad indomable del investigador puro. Investido en enero de este mismo año como “Cajaliano Ilustre”, su figura representa la materialización contemporánea de la interdisciplinariedad que siempre defendió nuestro Premio Nobel: la construcción de un puente irrompible entre la geología, la biología y la profunda responsabilidad de la geoética cósmica.
El quijotismo científico: de las mariposas del alma a las llanuras marcianas
Cajal sentía una profunda devoción por la figura de Cervantes, identificándose a sí mismo como el “don Quijote del microscopio”. Veía en el quijotismo la actitud vital e indispensable para el avance de la ciencia: la perseverancia inquebrantable frente al espacio de lo imposible. Hoy, este mismo espíritu cobra vida en iniciativas visionarias, como el proyecto desarrollado en Almagro, que entrelaza magistralmente el legado de Cajal, la literatura de Cervantes y los horizontes de la exploración marciana.
Mientras el Sabio perseguía incansablemente el misterio de las neuronas, esas sutiles “mariposas del alma”, el Dr. Martínez Frías persigue la huella de la vida en el universo, recordándonos una premisa incuestionable: la geología es la disciplina matriz que proporciona los “geomarcadores” necesarios para identificar rastros biológicos. La “vitalidad geológica” planetaria —manifestada en la tectónica de placas y el vulcanismo— es el crisol activo donde la química inorgánica logra dar el salto milagroso hacia la biología. Al fin y al cabo, tal y como expuso el académico, el cuerpo humano está compuesto en su mayor parte por agua líquida, que en términos estrictos, es un mineral.
La geología preterrestre y los ladrillos de la existencia
Uno de los momentos más sobrecogedores de la velada fue la inmersión en el “tiempo profundo”, la constatación de que la historia geológica comenzó eones antes del nacimiento de la Tierra. Esta asombrosa “geología preterrestre” se encuentra maravillosamente fosilizada en los meteoritos primitivos, cuyas entrañas albergan cóndrulos: pequeñas esferas minerales nacidas del fuego y las violentas colisiones en el albor de nuestro sistema solar.
Lejos de ser simple roca yerta, las condritas carbonáceas actúan como auténticas arcas cósmicas. En su interior custodian la química primordial, transportando aminoácidos y las cinco nucleobases que conforman las letras exactas de nuestro ADN y ARN. Este descubrimiento apuntala la audaz teoría de la “panspermia molecular”, sugiriendo que las semillas de la existencia pudieron navegar por el oscuro y helado océano del espacio hasta fecundar nuestro planeta.
El canto de cisne de Marte y las huellas en la piedra
Si la Tierra es nuestra cuna biológica, Marte es nuestro melancólico espejo. El Planeta Rojo compartió una juventud geológicamente activa y húmeda con la Tierra, hasta que su corazón magmático se detuvo, arrebatándole su escudo magnético y disipando gran parte de su atmósfera. Hoy, la astrobiología moderna busca leer el testamento de aquel mundo perdido. Para afinar esa lectura, el Dr. Martínez Frías ha trabajado sobre análogos terrestres —como los indómitos paisajes del Geoparque de Lanzarote— instruyendo a astronautas de la Agencia Espacial Europea (ESA) para simular las condiciones de la exploración interplanetaria.
Esa perseverancia científica, heredera del mejor quijotismo y avalada por su participación directa en los programas de la NASA, ha comenzado a descifrar las rocas marcianas. El rover Curiosity desveló parajes como “Garden City”, una necrópolis geológica surcada por vetas de sulfato de calcio que delatan por dónde fluyeron los antiguos cauces de agua. Aún más deslumbrante resulta el reciente hallazgo del rover Perseverance en el cráter Jezero: la roca “Cheyava Falls”. Este fragmento de historia custodia una posible biofirma en sus enigmáticas “manchas de leopardo”; anillos originados por reacciones químicas redox que contienen cristales de vivianita (un fosfato) y greigita (un sulfuro de hierro). En nuestro mundo, esta sofisticada arquitectura mineral es la firma inconfundible del metabolismo bacteriano.
El cosmos cognitivo y el telar encantado: el espejo de la realidad
Para los lectores asiduos de nuestra web, existe una profunda belleza en constatar que lo infinitamente pequeño y lo abrumadoramente grande convergen. Como hemos explorado en ensayos como El cosmos cognitivo y El telar encantado, la astrofísica actual corrobora lo que la poesía de Emily Dickinson intuía: hay una asombrosa simetría entre la estructura en red de las galaxias y el bosque neuronal del cerebro humano. Y de forma aún más asombrosa, se ha demostrado que los minúsculos cristales de magnetita biogénica ocultos en el cerebro humano son cristalográficamente idénticos a las enigmáticas huellas minerales del meteorito marciano ALH84001.
Al igual que don Santiago iluminó en 1899 la “selva impenetrable” de la corteza visual, derribando muros que hoy nos permiten asistir a milagros médicos como la resurrección de la luz en el jardín de la neurología, la ciencia espacial desafía el aparente silencio del sistema solar rastreando actividad geodinámica en las lunas heladas de Europa y Encélado, o desentrañando el insólito “criomagmatismo” de Plutón, donde los volcanes escupen hielo hacia las estrellas.
La ciencia como triunfo inquebrantable de la voluntad
La cita en la Real Academia de Ciencias culminó con un rotundo alegato humanista. A través de su presidencia en la Comisión Internacional de Geoética (IAGETH), el Dr. Martínez Frías nos exhorta a abordar la exploración espacial con suprema responsabilidad, protegiendo tanto nuestro frágil ecosistema terrestre como la virginidad de los mundos que estamos por descubrir.
Cajal aseguraba incansablemente que “todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro”. Hoy comprendemos que esa misma voluntad, indomable y transformadora, es la que nos impulsa a esculpir nuestro destino entre las estrellas. El espíritu de don Santiago permanece tan vívido y contemporáneo que, en un acto de justicia poética superlativa, su nombre abandonará la órbita terrestre para viajar a la Luna a bordo de la nave Orión en la misión Artemisa II este mismo 2026.
Porque, en última instancia, ya sea cartografiando el código secreto de una sinapsis neuronal o rastreando el latido fosilizado de una roca extraterrestre gracias al esfuerzo de instituciones como el CSIC, IGEO, RAC y RADE, el empeño científico es uno solo: el triunfo eterno de la luz y el quijotismo frente al abismo de lo desconocido.
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