Del “Encuentro de dos Mundos” a la exploración geológica y astrobiología de mundos más allá de la Tierra.
La vida comenzó en la Tierra hace unos 4000 millones de años. Los datos sobre el denominado LUCA (Last Common Universal Ancestor) indican que habitó los ambientes hidrotermales submarinos, asociados a la actividad volcánica de los fondos de los mares y océanos (tal vez surgiendo previamente del interior de las propias rocas —un contexto petrogenético de la vida, que hoy sigue siendo especulativo)—. Desde ese momento, mediante la evolución, la vida no ha dejado de extenderse a otros contextos. De los fondos de los mares y los océanos a los continentes, de estos a la atmósfera y, solo recientemente, desde hace apenas unos pocos decenios, al espacio, con la salida del cosmonauta soviético Yuri Gagarin completando, por primera vez, el 12 de abril de 1961, una órbita de la Tierra con su cápsula Vostok 1. El 20 de julio de 1969, Armstron, Aldrin y Collins, dieron un paso más y consiguieron, con la misión Apolo 11, un hito extraordinario poniendo la huella del ser humano en otro objeto de nuestro sistema solar, la Luna: un periplo de la vida y también un éxito de la evolución. La propagación de la vida aún continúa, con modernos desarrollos científicos, tecnológicos y socioculturales en general, y con nuevas misiones a nuestro satélite que, de manera estratégica, se proyectan, en un futuro cada vez más cercano, hacia la primera misión tripulada a Marte. Con ello, los humanos nos convertiremos en una especie interplanetaria.
En este proceso de expansión, la humanidad ha seguido una pauta evolutiva vital, como si la exploración fuera casi algo inherente y genético a la vida en sí misma, que nos ha llevado a ser cada vez más osados, buscando otros ambientes y territorios; algo que nos impulsa a descubrir nuevos y desconocidos entornos. En este contexto global, como si se tratara de una pieza más de un complejo puzle espacio-temporal, se enmarcan las expediciones oceánicas del siglo XV y todo lo relativo al Descubrimiento de América, con el hito que supuso la llegada de España al Nuevo Mundo y, con ella, el origen de lo que hoy conocemos como Hispanidad. El 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón, llegó a las costas de Guanahani, posteriormente bautizada con el nombre de San Salvador, marcando el inicio de lo que se denomina el «Descubrimiento de América» (tal vez, como indican algunos autores, sin ser consciente de ello. Asimismo, la identificación exacta de la isla a la que llegó Colón sigue siendo hoy materia de debate entre los expertos).
El “Descubrimiento”: algunos apuntes sociales y científicos básicos e implicaciones
Los impulsores y partidarios de la Leyenda Negra, así como otros individuos y colectivos que promueven, incluso hoy, la disgregación de España y la demolición de todo el acervo sociocultural que encarnó y representa la Hispanidad, subrayan negativamente el eurocentrismo del término “Descubrimiento”, aludiendo al hecho de que las tierras americanas ya estaban habitadas, como notoriamente así era. Sin embargo, en el contexto histórico de hace más de 500 años, lo conseguido sí supuso un verdadero descubrimiento, entendiendo el término, sin su connotación peyorativa, “como el colosal hallazgo de algo extraordinario, que era desconocido hasta ese preciso instante”. Sirva de ejemplo, que también se utiliza el término descubrimiento para referirse a una nueva especie, un nuevo elemento químico, un mineral, un volcán, un planeta, una estrella, la electricidad, la gravedad, la radiactividad, etc., y todo ello obviamente ya existía antes de ser descubierto.
Desde todos los puntos de vista, con sus luces y sus sombras, el Descubrimiento de América fue, sin duda, un Encuentro entre dos Mundos y un hito que transformó el contexto social e histórico de la época. Este evento no solo afectó el curso de los acontecimientos, sino que generó impactos profundos en los ámbitos sociocultural, científico, educativo, de exploración: un nuevo paradigma global. De hecho, sus repercusiones siguen moldeando el mundo actual, desde las raíces más tradicionales y la riqueza y diversidad cultural (y espiritual) hasta las cuestiones más vanguardistas sobre globalización. Incluso, como se expondrá más adelante, influyendo en los proyectos relativos a las disciplinas más novedosas acerca de la exploración espacial y la búsqueda de vida extraterrestre.
Pero, ¿cómo es esto? ¿De qué manera lo ocurrido, hace más de 500 años, tiene clara repercusión y sigue influyendo en el momento actual y en la investigación y exploración del espacio, de la Luna o Marte? ¿Son realmente dichas iniciativas efectos de lo ocurrido o no tienen nada que ver con ello? Sería pretencioso intentar realizar en esta modesta contribución una descripción exhaustiva acerca de este tema tan extraordinariamente relevante. Pero, sí es fundamental aportar un barniz general que permita comprender mejor ese vínculo invisible entre pasado y futuro, que nos une a los dos lados del océano, focalizado en la Hispanidad en toda su dimensión, también hacia en todo lo concerniente a la humanidad y su proyección al cosmos. Y lo haré incidiendo en experiencias, aportaciones e iniciativas, muchas de ellas personales, tras cerca de 40 años de actividades conjuntas y estrechas colaboraciones con numerosos colegas hispanoamericanos.
Desde un punto de vista puramente sociocultural, el Descubrimiento de América representó un paradigma global al romper el aislamiento entre hemisferios, iniciando la primera ola de globalización. Consiguió unificar la historia humana, integrando economías, culturas y religiones. Impulsó el llamado «Intercambio Colombino«, un flujo masivo de personas, animales, ideas, tradiciones, costumbres y bienes de todo tipo entre el Viejo Mundo (Europa, África y Asia) y el Nuevo Mundo (Américas). Este intercambio fomentó un mestizaje cultural único: lenguas como el español (y el portugués) se expandieron, fusionándose con idiomas indígenas para crear nuevas expresiones. Por enfatizar un aspecto sobre arte y tradiciones, la fusión de elementos indígenas y españoles dio origen a estilos singulares en ámbitos diversos, como arquitectura, literatura, pintura o música.
Científicamente, el Descubrimiento abrió puertas a disciplinas emergentes. Antes de 1492, el mapa del mundo era incompleto. Se refinaron mapas, incorporando América como un continente separado, lo que inspiró y contribuyó, siglos después, al desarrollo de teorías geológicas, como la Deriva Continental de Alfred Wegener y otras más actuales, como la Tectónica de Placas. Asimismo, tecnologías, como la carabela y la brújula magnética, facilitaron y contribuyeron a las travesías transatlánticas, expandiendo el horizonte humano más allá de lo imaginable, inspirando futuras exploraciones (incluso las actuales hacia el cosmos). En México, la influencia hispánica se fusionó con conocimientos de las civilizaciones indígenas (mayas, aztecas) y desarrollaron matemáticas avanzadas y astronomía, que se integraron en instituciones como el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco (1536), el primer centro de educación superior en América preparatoria para la universidad destinada a los indígenas. De hecho, esta institución fue la más importante dedicada a las Ciencias y las Artes, durante la primera mitad del siglo XVI en la Nueva España.
A ello hay que unir los aspectos de ciencia, exploración y explotación de recursos minerales y también de geoconservación, geoeducación y sostenibilidad, que han surgido de muchas de estas iniciativas. Un proceso temático evolutivo de varios siglos que, de hecho, aún no ha concluido y que, en cierto modo, contribuyó a los modernos conceptos de geoparques y reservas de la biosfera de UNESCO. En el tema de los recursos minerales, tuve la oportunidad única de participar en algunos eventos del V Centenario del Descubrimiento, tanto en México, en el Palacio de la Minería, como en España, en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, con la presentación de contribuciones científicas y la elaboración de exposiciones, como la de los Hermanos Heuland a Chile y Perú, desarrollada entre 1795 a 1800, durante el reinado de Carlos IV. En biología y botánica, el intercambio introdujo especies que transformaron la ecología global y las ciencias de la salud, se construyeron hospitales, y, gracias a los conocimientos y estudios sobre algunas sustancias medicinales, se salvaron vidas en ambos lados del océano.
Astronómicamente, se revitalizó todo lo relativo a las técnicas de navegación con instrumentos como el astrolabio, sentando bases para la Revolución Científica de los siglos XVI a XVIII, con figuras como Galileo, Kepler, Descartes o Newton, entre otros y personajes como, por ejemplo, el mexicano y polímata José Antonio de Alzate y Ramírez, que experimentó con la electricidad y la meteorología, además de adentrarse en muchas otras disciplinas. Más adelante, Andrés Manuel del Río descubrió el vanadio en 1801 y así, como él, muchísimos más. Estas contribuciones influyeron, de manera global, apoyando iniciativas y reformas imperiales y sirviendo también para desafiar ciertas visiones europeas degenerativas de América.
Educativamente, el Descubrimiento fue un auténtico catalizador de la expansión del conocimiento mundial. Europa incorporó historias, leyendas y la cosmovisión (por ej. la cultura guaraní) de relatos americanos en sus universidades, como Salamanca y Oxford, donde también se debatieron temas filosóficos y éticos de importante calado. Se publicaron diccionarios de lenguas indígenas (en América y en Europa), se establecieron universidades, se implementaron innovaciones político-administrativas y un avance monumental en el establecimiento pionero de leyes y derechos fundamentales, tanto en lo individual como en lo social, etc. Este flujo educativo creó un legado de alfabetización y multiculturalismo, pero también de asimilación cultural, que perdura en la actualidad. Entre otros:
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a) el Descubrimiento se enseña en currículos escolares como un punto de inflexión, fomentando debates sobre perspectivas indígenas versus europeas;
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b) programas educativos internacionales, como los de la UNESCO y otras organizaciones, destacan su relevancia en la educación ambiental e intercultural;
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c) en países como Estados Unidos y México, se integra en estudios de historia global con diferentes enfoques y aproximaciones, desde las intercontinentales más empáticas a las más críticas.
Hoy en día, sus repercusiones son evidentes en la globalización moderna.
En este contexto, en síntesis, la Hispanidad puede entenderse como un todo global; un legado cultural e histórico único de España en el Nuevo Mundo y más allá, que ha moldeado significativamente los avances científicos y tecnológicos posteriores. Culturalmente, introdujo un mestizaje, que reconfiguró las perspectivas sociológicas, destacando evoluciones desde enfoques eurocéntricos a multiculturales, promoviendo identidades híbridas y contribuciones contemporáneas. En realidad, la Hispanidad no puede entenderse como algo que haya terminado o se centre en un contexto histórico específico. Empezó en 1492, pero su influencia forma parte de nuestro día a día en numerosos ámbitos).
La Hispanidad, la geología planetaria y la astrobiología: proyección de un legado compartido
La Hispanidad también se forja en el estudio del territorio, sus recursos y el subsuelo a través de las exploraciones e investigaciones geológicas. La geología y las geociencias, disciplinas que abordan y desentrañan los secretos de nuestro planeta y de otros planetas, lunas, asteroides, etc. han estado intrínsecamente ligadas al devenir de la Hispanidad. En un principio, centradas en la Tierra y, desde hace algunos decenios, también en la exploración, principalmente, de la Luna y Marte. El legado geológico, inicialmente se focalizó en la minería y la búsqueda de nuevas materias primas, inspirando cómo la curiosidad humana por la Tierra ha impulsado el progreso científico y cultural hacia otros cuerpos celestes, así como la búsqueda de vida extraterrestre a través de la astrobiología. De hecho, el Descubrimiento no fue solo un capítulo de conquista política, sino el inicio de una era de descubrimiento geológico impulsada por la búsqueda de metales preciosos. Las minas de plata de Potosí, en Bolivia, así como otros yacimientos de metales en Perú, Chile, México, etc., se convirtieron en el corazón económico del Imperio Español. Su explotación no solo transformó economías, sino que generó los primeros mapas geológicos y conocimientos científicos básicos sobre procesos de mineralización, sentando muchas bases de la geología moderna. Curiosamente, también en ello existió integración, ya que algunas técnicas de extracción incorporaban saberes indígenas con observaciones y conocimientos europeos. En un mundo interconectado, entender nuestra geología compartida es clave, tanto para preservar nuestra herencia natural-cultural, como para afrontar los desafíos que suponen la traslación de los estudios geológicos hacia el espacio.
No quisiera terminar sin referirme a cómo determinadas iniciativas reflejan directamente la “conexión hispana” entre pasado y futuro, concretamente algunos nombres, que se han proyectado hacia el cosmos. Así, en Mercurio existe un prominente escarpe y línea de falla con un relieve de unos 700 m llamado Santa María Rupes, nombrado en honor a la carabela Santa María. En la Luna (y en Marte) existe el cráter Balboa, una estructura impactogénica de 89 km de diámetro (Fig. 1) localizado cerca del extremo occidental de nuestro satélite. Su interior está constituido por lava basáltica y en él se aprecian fracturas muy marcadas. Recibe su nombre en honor a Vasco Núñez de Balboa.

También en la Luna existe el cráter Colombo, una estructura de impacto de 76 km de diámetro que se encuentra aproximadamente en la franja de terreno continental situada entre el Mare Fecunditatis al este y el Mare Nectaris en el oeste. De igual forma, Marte cuenta también con un cráter de impacto de 119 km de diámetro, denominado Columbus. Una característica singular de esta estructura es que el instrumento CRISM de la sonda MRO de la NASA ha detectado niveles estratificados que contienen sulfatos hidratados, minerales de la arcilla y posiblemente jarosita. Ambos reciben su nombre por Cristobal Colón.
Y también se llama Columbus el laboratorio científico que forma parte de la estación Espacial Internacional, considerado la contribución de mayor tamaño realizada por la Agencia Espacial Europea a la Estación. La influencia de la Hispanidad llega en nuestro sistema solar hasta Plutón, con los Montes Elcano, una región montañosa situada al sur del planeta, que, desde 2019, hace honor al gran Juan Sebastián Elcano.

Por último, una curiosidad que me toca en lo personal y en lo científico y que se enmarca en lo expuesto como conexión pasado-futuro. La ciudad peruana de Arequipa, donde nació en 1936 el escritor y Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, acoge del 14 al 17 de octubre la X edición del Congreso Internacional de la Lengua Española (CILE). S.M. el Rey Felipe VI preside, junto a la presidenta de la República del Perú, Dina Boluarte, la inauguración del congreso. Aunque parezca anecdótico, Arequipa es también un lugar en el que estamos desarrollando, análogos planetarios para la exploración de Marte en el Desierto de la Joya y el volcán Pichu Pichu. Más en lo personal, científicos peruanos tuvieron la deferencia de dedicarme en Arequipa un laboratorio que lleva mi nombre “Laboratorio Martínez Frías de Astrobiología” ¿Puede haber alguna evidencia más palpable y apasionante de esta conexión multitemporal de la Hispanidad?
Finalizo esta contribución un 11 de octubre, previa a las magníficas celebraciones que tendrán lugar no solo en nuestro país, sino en toda Hispanoamérica y también en Estados Unidos. La realidad es que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa y nos une mucho más que una lengua. Todos compartimos unas raíces y una identidad, rica en matices y en una diversidad con un mestizaje, que, surgiendo de un pasado centenario, fortalece nuestra actual esencia intercultural. Este impulso vital, que mira hacia adelante, encuentra su más preclara definición en el pensamiento del más grande de nuestros científicos, Santiago Ramón y Cajal, quien nos legó una advertencia y una hoja de ruta:
«Hay un patriotismo infecundo y vano: El orientado hacia el pasado. Otro fuerte y activo: El orientado hacia el porvenir».
Santiago Ramón y Cajal
Hoy, la Hispanidad, eligiendo inequívocamente el segundo camino, se proyecta con esa misma energía activa hacia el cosmos, uniendo a España y América en un futuro compartido.
Agradecimientos:
Quiero mostrar mi especial agradecimiento a todos mis colegas, sin los cuales no habría podido mostrar muchas de estas experiencias relacionadas con la geología planetaria y astrobiología.

El Dr. Jesús Martínez Frías es un científico español líder en geología planetaria y astrobiología del Instituto de Geociencias (CSIC-UCM). Es miembro de los equipos científicos de las misiones a Marte de la NASA, Curiosity y Perseverance, contribuyendo a la búsqueda de vida. Ha sido una figura clave en la creación de instituciones científicas en España, como el Centro de Astrobiología y la Red Española de Planetología y Astrobiología (REDESPA). Además, instruye a los astronautas de la Agencia Espacial Europea (ESA) en Lanzarote. Su destacada trayectoria ha sido reconocida con su ingreso en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.

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