Artículo dedicado al profesor Dr. Juan Pedro Bolaños, Facultad de Farmacia de la Universidad de Salamanca (en su 50 aniversario).
Un recorrido por el linaje intelectual de la ciencia española. Desde la presidencia de Cajal en la JAE hasta el Nobel de Severo Ochoa y el magisterio de Margarita Salas, este artículo analiza cómo la “llama del conocimiento” sobrevivió al exilio para fundar la biología molecular moderna, celebrando en este 2026 el medio siglo de vida de sus instituciones.
Sección I: el crisol de una Edad de Plata: Cajal y la creación de una Conciencia Científica Nacional
En los albores del siglo XX, España era una nación en busca de su alma, herida por la pérdida de sus últimas provincias y sumida en una profunda introspección sobre su identidad y su futuro. En este clima de regeneracionismo, una convicción comenzó a tomar forma en las mentes más lúcidas del país: el progreso de la nación era indisociable de su florecimiento científico y cultural. Ninguna figura encarnó esta convicción con mayor autoridad y prestigio que Santiago Ramón y Cajal. Su obra, que había desvelado los secretos más íntimos del sistema nervioso, no era solo un triunfo de la ciencia, sino un faro de esperanza para un país anhelante de modernidad.
1.1. El Patriarca de la Ciencia Española
El año 1906 marcó un punto de inflexión. La concesión del Premio Nobel de Fisiología o Medicina a Santiago Ramón y Cajal no fue únicamente un reconocimiento a su genio individual; fue la validación internacional de que en España podía germinar una ciencia de vanguardia. Este acontecimiento trascendental actuó como catalizador. Apenas un año después, en 1907, el Gobierno español tomó una decisión de una audacia y visión extraordinarias: la creación de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE). Y para presidirla, no había otro candidato posible que el propio Cajal.

Este nombramiento no fue un mero honor protocolario. Fue una declaración de intenciones, un acto fundacional que depositaba en el científico más grande de la historia de España la responsabilidad de dirigir el mayor proyecto de modernización intelectual que el país había conocido. La JAE, inspirada en los principios liberales y la pedagogía integral de la Institución Libre de Enseñanza (ILE), nació con una misión clara: romper con el secular aislamiento científico de España, fomentar la investigación original y conectar a las nuevas generaciones de intelectuales con las corrientes de pensamiento europeas.
Bajo la presidencia de Cajal, que se extendería hasta su muerte en 1934, y con la indispensable labor ejecutiva de su secretario, José Castillejo, la JAE se erigió como un organismo singular. Financiada con fondos públicos, gozaba de una autonomía que la liberaba de las anquilosadas estructuras de la universidad tradicional, permitiéndole actuar con agilidad y audacia. Se convirtió en el crisol donde se forjó la élite intelectual de una era. En su seno se formaron y trabajaron los más insignes científicos, humanistas y artistas de España entre 1907 y 1939, personalidades de la talla de Rafael Altamira, Ignacio Bolívar, Ramón Menéndez Pidal o Blas Cabrera. Fue, en esencia, la piedra angular sobre la que se edificó la deslumbrante, aunque frágil, “Edad de Plata” de la cultura española.
“El más grande hombre de Ciencia que España ha tenido y uno de los más grandes que ha tenido la humanidad. De la estatura de Newton, Darwin, Pasteur o Einstein, que con su obra hicieron posible la comprensión del Universo, la naturaleza, la vida”.
La destrucción de esta obra tras la Guerra Civil no fue un simple cambio administrativo, sino la destrucción de un modelo de país. Los principios que la hicieron florecer —el liberalismo, el internacionalismo, el pensamiento crítico y la autonomía intelectual— se convirtieron en la causa de su condena. El nuevo régimen, en palabras de su primer ministro de Educación, José Ibáñez Martín, repudiaba “todas las herejías científicas que secaron y agostaron los cauces de nuestra genialidad nacional”, proclamando que la nueva ciencia española debía ser, “ante todo, católica”. La tragedia de la JAE es que sus mayores virtudes fueron, a la postre, sus delitos imperdonables.
1.2. La Colina de los Chopos: donde la Ciencia y el Arte dialogaban
El alma de la JAE encontró su hogar físico y espiritual en un lugar que se convertiría en leyenda: la Residencia de Estudiantes, situada en la madrileña Colina de los Chopos. Fundada en 1910 y dirigida por Alberto Jiménez Fraud, la “Resi” fue mucho más que un simple colegio mayor. Fue un experimento pedagógico y cultural sin precedentes, un ecosistema diseñado para cultivar el talento en todas sus formas.
Su genialidad radicó en la creación de un espacio donde la convivencia interdisciplinar era la norma cotidiana. El proyecto, inspirado en los colleges de Oxford y Cambridge, propiciaba un diálogo permanente y fecundo entre las ciencias y las artes, actuando como un vibrante centro de recepción de las vanguardias que sacudían Europa. Por sus pasillos y jardines, bajo la sombra de los chopos que plantara Juan Ramón Jiménez, convivieron y crearon figuras que definirían la cultura del siglo XX: el poeta Federico García Lorca, el pintor Salvador Dalí y el cineasta Luis Buñuel compartían mesa y debates con un joven y prometedor estudiante de medicina llamado Severo Ochoa.
La Residencia no era un microcosmos aislado. Albergaba laboratorios de la propia JAE, dirigidos por científicos de primer nivel como Pío del Río-Hortega o Juan Negrín, convirtiéndose en un foco de actividad científica de primer orden. Esta simbiosis era la esencia del proyecto: un futuro Premio Nobel de Bioquímica podía ser moldeado por las mismas corrientes estéticas y filosóficas que un poeta universal.
La fama de la Residencia trascendió fronteras. Se convirtió en un foro de debate ineludible en la Europa de entreguerras, atrayendo a las mentes más brillantes del planeta. Albert Einstein disertó sobre la relatividad en sus salones; Marie Curie compartió sus conocimientos sobre la radiactividad; Igor Stravinsky, John M. Keynes, Paul Valéry o Walter Gropius dejaron la impronta de su genio en aquel oasis de modernidad. La JAE, a través de la Residencia, estaba cumpliendo su misión: España no solo escuchaba al mundo, sino que dialogaba con él de igual a igual.
1.3. La formación de una Generación Dorada: Cabezas sobre Medios
El proyecto de Cajal y la JAE se fundamentaba en una premisa visionaria: la riqueza de una nación no reside en sus recursos materiales, sino en el talento de sus gentes. Por ello, una de las iniciativas más fecundas de la Junta fue su programa de pensiones, un ambicioso plan de becas para que los jóvenes más prometedores pudieran completar su formación en los mejores centros de investigación del extranjero. No se trataba de exportar talento, sino de importarlo de vuelta, enriquecido y actualizado, para crear una masa crítica de científicos capaces de transformar el país.
El arquetipo de esta nueva estirpe de científicos fue, sin duda, Severo Ochoa. Nacido en Luarca en 1905, su vocación científica fue despertada, como la de tantos otros, por la admiración hacia la figura monumental de Cajal. Ingresó en la Facultad de Medicina de Madrid en 1923, en pleno apogeo del ecosistema de la JAE.
Severo Ochoa, en su prólogo a la famosa obra de Cajal, Reglas y consejos sobre investigación científica: Se trata de uno de los libros que más he leído y releído en mi vida porque no ha habido nadie, en nuestra época, a quien yo haya admirado como a Cajal.
Severo Ochoa
Fue en los laboratorios vinculados a la Junta donde se forjaron sus primeros intereses investigadores, bajo la tutela de dos maestros canarios que resultarían cruciales: el catedrático de Fisiología Juan Negrín y su profesor auxiliar, José Domingo Hernández Guerra.
Negrín fue su principal mentor intelectual. Años más tarde, Ochoa lo recordaría con una mezcla de admiración y matices:
Negrín era para mí un buen maestro. Abrió amplias y fascinantes posibilidades en mi imaginación no sólo a través de enseñanzas de laboratorio, sino también mediante su consejo, estímulo y ánimo a leer monografías científicas en otras lenguas.
Severo Ochoa
Sin embargo, lamentaría profundamente su posterior dedicación a la política:
Sentí mucho que se pasara a la política porque era un buen científico y un excelente maestro.
Severo Ochoa
La relación tuvo también sus tensiones; Ochoa relató con ironía cómo Negrín presidió el tribunal que le suspendió en una oposición a cátedra, un acto que interpretó como una represalia por su decisión de unirse a otro grupo de investigación.
Por su parte, Hernández Guerra, un fisiólogo grancanario fallecido prematuramente, fue su maestro en el día a día del laboratorio. Ochoa le guardó siempre un gran afecto y reconoció su papel fundamental en su aprendizaje práctico:
Hernández Guerra me enseñó mucho porque era un buen conocedor de las técnicas.
Severo Ochoa
Juntos, Negrín y Hernández Guerra, le proporcionaron el andamiaje teórico y práctico sobre el que construiría su carrera.
Fiel al espíritu de la JAE, Ochoa comprendió que su formación debía ser internacional. Sucesivas estancias en el extranjero, particularmente en Alemania junto al Premio Nobel Otto Meyerhof, le introdujeron en la vanguardia de la fisiología y la bioquímica de la época. Aprendió las técnicas más avanzadas y se sumergió en los grandes problemas que ocupaban a la comunidad científica internacional, como la bioquímica de la contracción muscular. Severo Ochoa era la prueba viviente del éxito del proyecto de Cajal: un científico español de formación universal, preparado para competir al más alto nivel. Era un fruto maduro de la Edad de Plata, sin saber que una tormenta de una violencia inaudita estaba a punto de arrancarlo de su árbol y arrojarlo a un largo e incierto peregrinaje.
En cualquier caso Ochoa fue fiel al espíritu de excelencia, comprendía que la limitación material no era obstáculo para el genio, sosteniendo que “en principio, la investigación necesita más cabezas que medios”. Esta visión priorizaba la inteligencia, el interés y la creatividad sobre la mera infraestructura. Para él, la gran preparación previa era el motor que permitía alcanzar objetivos heroicos incluso cuando los recursos eran escasos.
El vínculo con su discípula más célebre, Margarita Salas, también tuvo una raíz familiar y humana: Ochoa conoció a Margarita comiendo una paella en Gijón, invitado por el padre de esta, José Salas (psiquiatra y neurólogo), quien había sido primo político y compañero del Nobel en la Residencia de Estudiantes. Fue en ese almuerzo donde Ochoa invitó a Margarita a una conferencia en Oviedo que despertaría definitivamente su fascinación por la bioquímica.
Sección II: el discípulo pródigo en la diáspora
La promesa de la Edad de Plata, aquel delicado edificio de ciencia y cultura construido con tanto esmero, se derrumbó con una celeridad y una brutalidad que aún hoy sobrecogen. El estallido de la Guerra Civil en 1936 no fue solo un conflicto político; fue una fractura cultural y una catástrofe para el pensamiento libre. Para la ciencia española, fue el comienzo de una larga noche. Severo Ochoa, personificación de aquella generación dorada, se vio forzado a un exilio que, si bien fue una tragedia personal y nacional, paradójicamente le situaría en el epicentro de la mayor revolución científica del siglo XX.
2.1. El trueno de la Guerra: la destrucción de un sueño
El alzamiento militar y la subsiguiente guerra civil representaron, en palabras de los historiadores, la “destrucción sistemática” de la herencia legada por la Institución Libre de Enseñanza y la JAE. Aquel incipiente y vibrante sistema científico que había comenzado a edificarse fue “cercenado de raíz”. La guerra civil supuso un “atroz desmoche” para la universidad y los centros de investigación, una purga ideológica que buscaba erradicar cualquier vestigio de liberalismo y modernidad. El resultado sumió a la ciencia española en décadas de irrelevancia y aislamiento.
Las consecuencias fueron devastadoras y se manifestaron en dos frentes. Por un lado, el exilio: la “flor y nata de la ciencia española” se vio obligada a abandonar el país, un éxodo de talento cuyas secuelas, según algunos analistas, la sociedad española no ha conseguido reponerse por completo ni siquiera hoy. Científicos de la talla de Pío del Río Hortega, Blas Cabrera, Enrique Moles o la química Dorotea Barnés vieron sus carreras truncadas en España y tuvieron que rehacer sus vidas en el extranjero, donde su talento fue aprovechado por otras naciones. Por otro lado, la represión interna: quienes no pudieron o no quisieron marchar fueron objeto de depuraciones (como Jorge Francisco Tello y Muñoz), encarcelamientos o, en el peor de los casos, la muerte. Ver Cólera, Ciencia y la Supervivencia de la Escuela Cajal (1885-1955).
Es difícil exagerar la magnitud de la pérdida. Hasta 1936, no era una exageración afirmar que España se encontraba científicamente a la altura de los países más avanzados de su entorno. Tras la guerra, todo ese acervo de conocimiento, esa cultura de la investigación y esa red de contactos internacionales fueron “barridos como si no hubieran existido jamás”. El sueño de Cajal de una España a la vanguardia de la ciencia se había convertido en una pesadilla de silencio y mediocridad.
2.2. Un peregrinaje científico por una Europa en convulsión
En este contexto de colapso, la trayectoria de Severo Ochoa se convierte en el hilo conductor de un legado que se niega a morir. Su vida se transforma en la de un “científico itinerante”, un peregrino forzoso en busca de un laboratorio donde poder continuar con su pasión por la investigación. Su odisea es un reflejo de la convulsión que sacudía no solo a España, sino a toda Europa.
En 1936, el estallido de la guerra le obliga a abandonar el Instituto de Investigaciones Médicas de Madrid, que él mismo ayudaba a dirigir. Su primer destino es Heidelberg, en Alemania, donde se reúne con su maestro Otto Meyerhof. Sin embargo, la paz es efímera. El nazismo avanza y Meyerhof, de origen judío, se convierte en un objetivo del régimen. La amenaza obliga a Ochoa a hacer las maletas de nuevo.
Su siguiente parada es el Reino Unido. Primero en el Laboratorio de Biología Marina de Plymouth y después en la prestigiosa Universidad de Oxford, en el laboratorio de Rudolph Peters. Pero la historia vuelve a alcanzarle. El estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939 convierte a Europa en un campo de batalla. La investigación científica pasa a un segundo plano frente a las urgencias del conflicto. Una vez más, Ochoa se ve obligado a huir. Esta vez, el viaje será más largo, cruzando el Atlántico hacia un nuevo continente: América.
Este exilio forzoso, que le alejó de su patria durante décadas, fue también el crisol que terminó de forjar su carrera. La necesidad le empujó a integrarse en los laboratorios más importantes del mundo en un momento de efervescencia sin precedentes. Pasó por los centros dirigidos por Otto Meyerhof, Henry Dale y, ya en Estados Unidos, por Carl y Gerty Cori, todos ellos galardonados con el Premio Nobel. La tragedia de la historia le concedió una formación intensiva y diversa que difícilmente habría podido obtener de otra manera. Fue arrancado de sus raíces españolas, pero fue injertado a la fuerza en el tronco principal de la revolución bioquímica mundial.
Por tanto, Ochoa se convirtió en un “científico itinerante” por Heidelberg, Plymouth, Oxford y, finalmente, Estados Unidos. En este peregrinaje, consolidó no solo su ciencia, sino una ética inquebrantable. Fue tajante al condenar el uso del conocimiento con fines destructivos:
Yo creo que quienes colaboran conscientemente para desarrollar algo con fines destructivos, como ocurrió con la bomba atómica, son condenables.
Severo Ochoa
Para el Nobel español, la responsabilidad individual del investigador era inseparable del progreso colectivo de la humanidad.
El exilio no fue solo una huida, sino una custodia de la llama: Ochoa permitió que la ciencia española hibernara en los mejores laboratorios del mundo para regresar, décadas después, con una fuerza renovada.
2.3. Carmen, el ancla en la tempestad
Es imposible comprender la perseverancia de Severo Ochoa, su capacidad para sobreponerse a la incertidumbre, el desarraigo y las dificultades de una carrera nómada, sin la figura de su esposa, Carmen García Cobián. Se casaron en 1931, y desde ese momento, como él mismo afirmaría en innumerables ocasiones, se convirtieron en una unidad inseparable.
Carmen no fue una mera acompañante; fue el pilar sobre el que se sustentó toda la vida personal y profesional de Ochoa. Él la describió como un “apoyo crucial”, la “promotora más enérgica y entusiasta de todo cuanto he podido realizar” y “el más firme apoyo” en todas sus aspiraciones científicas. En medio de la tempestad del exilio, de los continuos traslados y de la precariedad de sus primeros años, la estabilidad emocional que Carmen le proporcionaba fue la constante que le permitió seguir adelante.
Su compenetración era tal que trascendía lo personal. Durante su estancia en Plymouth, una anécdota revela la profundidad de su colaboración. Carmen, a pesar de no tener formación científica, le ayudó tan eficazmente en sus experimentos que llegaron a publicar un artículo conjunto en la prestigiosa revista Nature. Este hecho, más allá de lo anecdótico, simboliza una verdad fundamental: la pasión científica de Severo Ochoa estaba alimentada y sostenida por una extraordinaria alianza personal. Como se vería muchos años después, tras la muerte de ella, él mismo confesaría que la ciencia, sin el amor de Carmen, perdía todo su sentido.
Sección III: El ápice americano: de los motores de la célula al lenguaje de la vida
El largo peregrinaje de Severo Ochoa encontró finalmente un puerto seguro en la Universidad de Nueva York. Fue allí, en el crisol de la posguerra mundial, donde la bioquímica estaba a punto de convertirse en biología molecular, donde se desvelarían los secretos fundamentales de la vida. Y fue en el laboratorio de Ochoa donde se realizaría un descubrimiento capital, uno que le valdría el Premio Nobel, pero cuya historia, compleja y matizada, revela tanto sobre la naturaleza de la ciencia como sobre la ética de quienes la practican.
3.1. Arquitecto del metabolismo: las contribuciones de Ochoa al Ciclo de Krebs
Antes de que su nombre quedara ligado para siempre a la síntesis del ARN, Severo Ochoa ya se había consolidado como uno de los arquitectos principales en la elucidación del metabolismo intermediario. Su trabajo en la Universidad de Nueva York durante las décadas de 1940 y principios de 1950 fue fundamental para desentrañar los mecanismos enzimáticos del ciclo de los ácidos tricarboxílicos, o ciclo de Krebs, la maquinaria central que convierte los alimentos en energía en las células. Este período de su carrera, a menudo eclipsado por su posterior Premio Nobel, es crucial para entender su estatura como científico, pues demuestra que su galardón no fue un golpe de suerte, sino la culminación de décadas de investigación de primer nivel en el campo de la enzimología.
La investigación de Ochoa se centró en la purificación y caracterización de las enzimas que catalizan las reacciones del ciclo. Su laboratorio realizó contribuciones clave al estudio de la fosforilación oxidativa, el proceso que acopla la oxidación de nutrientes a la síntesis de la molécula energética ATP. Uno de sus logros más notables fue el estudio de la isocitrato deshidrogenasa y, de manera crucial, la cristalización del “enzima condensante”, hoy conocido como citrato sintasa. Este enzima es el marcapasos del ciclo, catalizando el primer paso, la condensación de acetil-CoA y oxalacetato para formar citrato. Aislar y cristalizar este enzima fue un hito que permitió elucidar la naturaleza de la reacción y consolidó a Ochoa como una autoridad mundial en el campo. Su dominio de la enzimología fue precisamente lo que posicionó a su laboratorio para estar en la vanguardia de la siguiente gran revolución biológica.
3.2 La Piedra Rosetta del código genético y una injusticia histórica
En 1955, en el laboratorio de Ochoa en la Universidad de Nueva York, la investigadora postdoctoral Dra. Marianne Grunberg-Manago aisló una enzima de la bacteria Azotobacter vinelandii con una propiedad asombrosa e imprevista: era capaz de sintetizar largas cadenas de ARN en un tubo de ensayo sin necesidad de un molde de ADN. Lo que comenzó como un estudio rutinario del metabolismo se convirtió en un momento de serendipia científica: la enzima era capaz de sintetizar largas cadenas de ARN en un tubo de ensayo sin necesidad de un molde de ADN. La naturaleza del hallazgo era tan revolucionaria que el propio Ochoa, aplicando el rigor científico, reaccionó inicialmente con escepticismo. Solo tras la repetición fehaciente de los experimentos por parte de Grunberg-Manago, ambos comprendieron la magnitud de lo que habían encontrado: la primera síntesis in vitro del ácido ribonucleico.
Este descubrimiento no es solo historia: la capacidad de sintetizar y manipular el ARN in vitro, cuya senda abrió el laboratorio de Ochoa, ha sido la base tecnológica que permitió el desarrollo acelerado de las vacunas de ARN mensajero, salvando millones de vidas en la historia reciente.
Bautizaron a la enzima como polinucleótido fosforilasa (PNPasa). Aunque investigaciones posteriores demostraron que su función principal in vivo era en realidad la degradación del ARN, su capacidad para fabricar ARN in vitro con una composición de bases controlada la convirtió en la herramienta soñada por los biólogos moleculares.
Fue esta aplicación la que permitió a Marshall Nirenberg y Heinrich Matthaei dar los primeros pasos para descifrar el código genético en 1961, al sintetizar una molécula de poli-Uracilo y demostrar que codificaba para el aminoácido fenilalanina. Por ello, Ochoa describió la PNPasa con una metáfora inolvidable: era la “Piedra Rosetta del código genético”.
El reconocimiento a la importancia de este trabajo llegó pronto. En 1959, Severo Ochoa fue galardonado con el Premio Nobel de Fisiología o Medicina, que compartió con su discípulo Arthur Kornberg, premiado por el descubrimiento de una enzima análoga para la síntesis de ADN. Sin embargo, el anuncio del premio vino acompañado de una omisión, la descubridora material de la enzima, no fue incluida en el galardón. Aunque Ochoa mencionó su contribución en su discurso de aceptación, ni él ni el Comité Nobel reconocieron el mérito fundamental de su trabajo en la concesión del premio, un hecho que ensombrece la historia de este descubrimiento capital.
Esta omisión de Marianne Grunberg-Manago en el Nobel de 1959 se ha convertido, con la perspectiva de 2026, en un caso de estudio sobre la invisibilidad histórica de las mujeres en la ciencia, un desequilibrio que instituciones como la Fundación Margarita Salas trabajan hoy activamente por corregir.
La carrera por descifrar el resto del código se desató, con los laboratorios de Nirenberg y del propio Ochoa a la cabeza, en una competición científica que aceleró enormemente uno de los mayores logros intelectuales del siglo XX.

La trascendencia de su hallazgo fue expuesta con una brillantez didáctica por el profesor S. Gard, del Instituto Karolinska, en el discurso de presentación. Gard explicó que la vida se sustenta en dos principios fundamentales: las proteínas y los ácidos nucleicos. Mientras que las proteínas, compuestas por unos veinte aminoácidos, son como las palabras de un lenguaje, los ácidos nucleicos, con sus cuatro “letras” o nucleótidos, constituyen el alfabeto. La infinita combinación de estas letras permite escribir el “libro de la vida” en toda su diversidad. El reto, que parecía “demasiado heroico”, era encontrar el mecanismo por el cual la Naturaleza “compone” ese libro con una precisión infalible. Ochoa y Kornberg, concluyó Gard, habían descubierto las enzimas que actúan como un “tipógrafo experto”, capaces de copiar el “manuscrito” genético. Habían logrado, por primera vez, la síntesis de los principios básicos de la vida en un tubo de ensayo.
En su propio discurso en el banquete, Ochoa, conmovido, articuló el mosaico de influencias que lo habían llevado hasta allí. Sus palabras fueron un tributo a la tradición científica que lo formó y al exilio que lo consolidó. Comenzó rindiendo homenaje a su patria de origen y a su gran inspirador:
Siendo nativo de España, país al que debo gran parte de mi educación y formación cultural, fui profundamente influenciado por mi gran predecesor Santiago Ramón y Cajal. Entré en la Facultad de Medicina demasiado tarde para recibir sus enseñanzas directamente pero, a través de sus escritos y su ejemplo, hizo mucho para despertar mi entusiasmo por la biología y cristalizar mi vocación.
Severo Ochoa. Discurso de entrega del Premio Nobel
A continuación, reconoció su deuda con los maestros que lo acogieron en su peregrinaje europeo y americano: Otto Meyerhof, Sir Rudolph Peters y los premios Nobel Carl y Gerty Cori, quienes “añadieron nuevas dimensiones a mi perspectiva científica y ampliaron mi experiencia intelectual”. Finalmente, expresó su gratitud y amor a su
Gran país de adopción, los Estados Unidos de América, donde yo, como tantos otros, he encontrado un refugio de generosidad y comprensión, así como un entorno y unas instalaciones ideales para mi trabajo.
Severo Ochoa
Su discurso fue el retrato de un hombre universal, un puente entre la Edad de Plata española y la vanguardia científica mundial.

Y su lucha intelectual se resumía en una pregunta que hoy sigue interpelando a las nuevas generaciones:
¿Por qué contentarnos con vivir a rastras cuando sentimos el anhelo de volar?
Para Ochoa, “volar” no significaba el éxito fácil, sino la audacia de ir más allá de lo cómodo, asumiendo la incertidumbre y la disciplina necesarias para la creación. Vivir a rastras, advertía, no solo empobrece al individuo, sino que facilita que otros decidan por él, anulando su responsabilidad como ser humano.
3.3. El abrazo del Régimen: propaganda y pragmatismo franquista
El 15 de octubre de 1959, se anunció la concesión del Premio Nobel de Fisiología o Medicina a Severo Ochoa y a su antiguo discípulo, Arthur Kornberg, por sus descubrimientos sobre la síntesis de los ácidos nucleicos. La noticia generó una situación compleja para el régimen franquista. La dictadura, fundamentada en la propaganda y el control de la narrativa histórica , se enfrentaba al desafío de celebrar como propio el éxito de un científico que era producto de la tradición liberal de la JAE, que se había exiliado durante la Guerra Civil y que, además, había adoptado la nacionalidad estadounidense en 1956.
En un acto de notable pragmatismo político, el gobierno del General Franco, envió una delegación oficial a Estocolmo para participar en los actos. Esta comisión estaba compuesta por figuras de gran simbolismo: el Dr. Fernando de Castro, discípulo directo de Cajal y por tanto representante de la “Escuela” original; el Dr. Jesús García Orcoyen, ginecólogo y figura prominente del estamento médico del régimen; y el Dr. José Mª de Corral, fisiólogo. La presencia de esta delegación no fue una celebración genuina de las raíces científicas de Ochoa, sino un acto calculado de apropiación política. En un período en que el régimen buscaba romper su aislamiento internacional, utilizar los logros “apolíticos” de la ciencia y la cultura era una estrategia documentada para proyectar una imagen de modernidad y normalidad, blanqueando así su propia historia de represión intelectual. La prensa española de la época, como los diarios ABC y La Vanguardia, se hizo eco del galardón, enmarcándolo como un triunfo nacional y destacando la “pureza transparente y noble” de su “castellano de Asturias”, en un esfuerzo por reclamar su figura para la España oficial. Para algunos autores esta maniobra revela el profundo cinismo y la astucia propagandística del estado franquista en su etapa de apertura.

Sección IV: el retorno de la llama
El arco narrativo de este legado, que comenzó con la creación de una escuela en España y continuó con su preservación en el exilio, alcanza su momento culminante con el retorno. Severo Ochoa, consolidado como una de las figuras más importantes de la bioquímica mundial, asumió el papel de maestro y catalizador para que la llama del conocimiento, que él había mantenido viva en la diáspora, pudiera regresar a una España que había quedado científicamente mermada. Al conocer el interés de Margarita Salas, Ochoa cumplió su promesa de enviarle un libro de bioquímica desde Nueva York, gesto que culminó en la incorporación de Margarita y su marido, Eladio Viñuela, a su laboratorio en 1964.
4.1. El maestro en Nueva York: forjando la siguiente generación
El Departamento de Bioquímica de la Universidad de Nueva York, bajo la dirección de Severo Ochoa, se convirtió en un imán para jóvenes talentos de todo el mundo. Era uno de los epicentros de la nueva biología molecular, un lugar donde se estaba escribiendo la historia de la ciencia. Y, de manera natural, comenzó a atraer a una nueva generación de científicos españoles que buscaban en el extranjero la formación de excelencia que su país, en aquel momento, no podía ofrecerles.
En 1964, una joven pareja de químicos españoles, Margarita Salas y Eladio Viñuela, llegó al laboratorio de Ochoa con sendas becas postdoctorales. Su estancia de tres años en Nueva York sería transformadora. Margarita Salas siempre se referiría a Ochoa como su “gran maestro”, una figura que le enseñó mucho más que técnicas de laboratorio. De él aprendió los valores fundamentales de la práctica científica: el “rigor experimental, su dedicación y su entusiasmo por la investigación”.


Ochoa les inculcó una filosofía de trabajo que era, en esencia, la misma que había animado a la JAE. Les transmitió la importancia de la ciencia fundamental, un principio que Margarita Salas recordaría y citaría durante toda su vida:
Hay que hacer investigación básica de calidad, pues de esta investigación saldrán resultados que redundarán en beneficio de la sociedad.
Severo Ochoa
En una época en que la España del desarrollismo podía estar más interesada en aplicaciones inmediatas, Ochoa les enseñó una visión a largo plazo: el verdadero progreso nace del conocimiento profundo de la naturaleza, no de los atajos. No solo les enseñó a hacer experimentos; les enseñó a pensar como científicos en la gran tradición humanista que él había heredado.
Margarita Salas trabajó en áreas críticas como la replicación del ADN y el control de la expresión génica (activación e inactivación de genes). Ochoa les inculcó que el verdadero progreso nace de la investigación básica de calidad.
Ochoa compartía la visión de Ortega y Gasset y de Cajal sobre la misión de la Universidad: “la de difundir y crear cultura”. No concebía la enseñanza como una mera repetición, sino como una investigación activa donde el magisterio se basara en la creación de conocimiento original.
4.2. La misión de regresar: sembrando en el “Desierto Científico”
Tras tres años de intensa formación, en 1967, Salas y Viñuela tomaron una decisión trascendental que cambiaría el rumbo de la biología en España: decidieron regresar. No era el camino fácil. Muchos otros exiliados o formados en el extranjero habían optado por desarrollar sus carreras en países con más recursos y oportunidades. Pero su decisión fue un acto consciente, una misión autoimpuesta. En palabras de Margarita Salas:
Consideramos que ya habíamos aprendido la biología molecular que queríamos desarrollar y enseñar aquí en España. Quisimos volver para introducirla aquí.
Margarita Salas
El panorama que encontraron a su vuelta fue desolador. La propia Salas lo describió sin ambages como un “desierto científico”. Las consecuencias de la guerra, la purga y el exilio eran palpables: falta de financiación, escasez de grupos de investigación de alto nivel y un profundo aislamiento de la comunidad científica internacional.
Una vez más, la figura de Severo Ochoa fue determinante. Su magisterio no terminó cuando sus discípulos abandonaron Nueva York. Comprendiendo las enormes dificultades que enfrentarían, movió sus influencias para ayudarles. Consiguió financiación de la Jane Coffin Childs Memorial Fund for Medical Research, una fundación estadounidense, para que Salas y Viñuela pudieran iniciar una línea de investigación independiente en el Centro de Investigaciones Biológicas (CIB) del CSIC. Este apoyo externo fue vital. Como reconocería Margarita, sin esa ayuda, probablemente se habrían visto forzados a volver al extranjero. Ochoa no solo les había dado la semilla del conocimiento; ahora les proporcionaba el agua para que pudiera germinar en el yermo español.
El Centro de Investigaciones Biológicas (CIB) en 1968. Más información.
Este esfuerzo permitió establecer los estándares para que futuras generaciones, como la de Mariano Barbacid, consolidaran la investigación biomolecular en España.
En 2019 el CIB pasará a denominarse “Centro de Investigaciones Biológicas Margarita Salas”.
4.3. Un hito internacional: el Congreso FEBS de 1969 en Madrid
El impulso de Ochoa a la ciencia española no se limitó a la formación de discípulos en el extranjero. Utilizó su influencia para atraer el foco de la ciencia mundial a España, catalizando un evento que marcaría un antes y un después para la bioquímica nacional.
En 1969, el Patronato «Santiago Ramón y Cajal» continuaba su labor de fomento, otorgando ese año su prestigioso Premio «Santiago Ramón y Cajal» al profesor Andrés Chordi Corbo por su trabajo sobre antígenos de la fracción subcelular. Fue en este clima de creciente actividad científica donde se gestó un acontecimiento de una magnitud sin precedentes.

Del 7 al 11 de abril de 1969, Madrid se convirtió en la capital de la bioquímica europea al albergar el VI Congreso de la Federation of European Biochemical Societies (FEBS). El evento, calificado como un “marcado éxito”, fue un espaldarazo definitivo de la comunidad internacional a la renaciente ciencia española. La talla del congreso quedó patente con la asistencia de ocho premios Nobel: Ernest B. Chain, Sir Hans A. Krebs, Frederic Sanger (Reino Unido), Feodor Lynen (Alemania), Hugo Theorell (Suecia) y, desde Estados Unidos, Carl F. Cori, Fritz Lipmann y el propio Severo Ochoa.

Ochoa aceptó la presidencia de honor del comité organizador, prestando su inmenso prestigio a la iniciativa. Pero el verdadero protagonismo recayó en la nueva generación de científicos españoles, muchos de ellos vinculados a él. El comité organizador estuvo presidido por Julio Rodríguez Villanueva, con Carlos Asensio como Secretario General y David Vázquez como Tesorero. El comité científico, de vital importancia, fue dirigido por Alberto Sols, y entre sus miembros se encontraba una figura clave en esta historia de legado: Eladio Viñuela. La celebración de este congreso en Madrid, con la élite de la bioquímica mundial y con los discípulos de Ochoa en puestos de máxima responsabilidad, no fue una coincidencia, sino la materialización de un proyecto: la plena reintegración de la ciencia española en el circuito internacional de excelencia.
4.4. El legado institucionalizado: el Centro de Biología Molecular “Severo Ochoa”
El retorno de Margarita Salas y Eladio Viñuela fue el catalizador de una auténtica refundación de las ciencias biológicas en España. Su trabajo incansable, su rigor y la excelencia de su investigación, centrada en el estudio del diminuto virus bacteriano fago φ29, pronto dieron sus frutos, no solo en forma de descubrimientos de impacto mundial -como la ADN polimerasa de dicho fago, que se convertiría en la patente más rentable de la historia del CSIC- sino también en la creación de una escuela.
Este éxito culminó en 1975 con la fundación del Centro de Biología Molecular (CBMSO), un centro mixto del CSIC y la Universidad Autónoma de Madrid. El proyecto fue impulsado y apadrinado por el propio Severo Ochoa, quien, junto a figuras clave como Federico Mayor Zaragoza, Eladio Viñuela, Antonio García Bellido y David Vázquez, vio en él la oportunidad de crear en España una institución a la altura de los mejores centros internacionales, un lugar que encarnara su visión de la investigación científica. El centro, que hoy lleva su nombre, se convirtió en el buque insignia de la biología molecular española, una auténtica “nueva Residencia de Estudiantes” para las ciencias de la vida. Este legado se mantiene activo hoy a través de la Fundación Margarita Salas (creada en 2023), presidida por su hija Lucía Viñuela, centrada en la alfabetización científica y el emprendimiento tecnológico.
Desde allí, Salas y Viñuela ejercieron un magisterio extraordinariamente fecundo, formando a cientos de investigadores y creando un linaje científico que se extiende hasta la actualidad. Discípulos directos o indirectos de su escuela, como María Blasco, Manuel Serrano, Juan Méndez o Luis Blanco, se cuentan hoy entre los líderes de la investigación biomédica en España y en el mundo.
El ciclo narrativo se había completado. La llama encendida por Cajal en la JAE, que la guerra había forzado al exilio y que Severo Ochoa había protegido y avivado en América, fue devuelta a España por las manos de sus discípulos. La semilla plantada en la Edad de Plata, tras una larga y dolorosa diáspora, había vuelto a florecer en su tierra de origen.
Cronología de un Legado: de la Edad de Plata a la biología molecular
Año****Hitos Institucionales (España)Hitos en la Vida de Severo OchoaHitos en la Vida de Salas/Viñuela1906Cajal recibe el Premio Nobel.1907Creación de la Junta para Ampliación de Estudios (JAE), presidida por Cajal.1910Apertura de la Residencia de Estudiantes.1929Se licencia en Medicina. Estancia con Otto Meyerhof en Alemania.1936Estallido de la Guerra Civil.Comienza su exilio (Alemania, Reino Unido).1939Fin de la Guerra Civil. Desmantelamiento de la JAE. Creación del CSIC.1941Se establece en Estados Unidos.1942Se une a la Universidad de Nueva York (NYU).1955Descubrimiento de la polinucleótido fosforilasa (PNPasa) con M. Grunberg-Manago.1959Recibe el Premio Nobel de Fisiología o Medicina.1964Llegan al laboratorio de Ochoa en NYU.1967Regresan a España para introducir la biología molecular.1975Creación del Centro de Biología Molecular (CBMSO), impulsado por Ochoa.Lideran la investigación en el nuevo CBMSO.1985Regresa definitivamente a España.1986Fallece su esposa, Carmen García Cobián.1989Descubrimiento de la ADN polimerasa del fago φ29 y sus aplicaciones.1990Visita la casa del sabio.1993Fallece en Madrid.1999Apertura del Centro de Interpretación de Ayerbe sobre la vida de Cajal.(Legado póstumo)Fallece Eladio Viñuela.2019Fallece Margarita Salas.20231st Severo Ochoa Conference: «Astrocyte-neuron metabolic coupling in organismal (patho) physiology».2023-2024Hermanamientos en la red Villas de Nobel (Petilla de Aragón, Corteno Golgi, Valdés-Luarca, Fosnavåg).

Epílogo: la memoria grabada en piedra y en Ciencia
Toda gran historia encuentra su resolución en el legado que deja tras de sí, un legado que se mide no solo en logros públicos, sino también en la impronta personal que perdura en la memoria. La vida de Severo Ochoa, marcada por la excelencia científica y el desarraigo, culmina en un epílogo de una humanidad sobrecogedora, donde el amor se revela como la fuerza motriz que dio sentido a todo lo demás. Su testamento final no se encuentra en un artículo científico, sino en una lápida de mármol frente al mar Cantábrico.
5.1. La simetría de dos Legados: la arquitectura de la información biológica
Existe una profunda y hermosa simetría conceptual entre los dos grandes legados de Cajal y el de Ochoa. Cajal, con su Doctrina de la Neurona, conceptualizó el cerebro como una red de unidades discretas que procesan información neuronal, estableciendo los fundamentos de la neurociencia. Por su parte, el trabajo de Ochoa sobre la síntesis del ARN y su papel en el desciframiento del código genético fue clave para comprender el lenguaje de la información genética.
El nexo que une estas dos visiones es, precisamente, el otro gran legado de Cajal: el Cuerpo de Cajal. Más de un siglo después de su descubrimiento, este orgánulo se revela como un nodo computacional dentro de una red de condensados nucleares que procesan físicamente la información genética. Hoy sabemos que es el centro crítico donde se ensamblan las snRNPs (pequeñas ribonucleoproteínas nucleares), esenciales para el ‘splicing’ o corte y empalme del ARN. Esta maquinaria es el puente físico entre la arquitectura celular que Cajal dibujó y el lenguaje molecular que Ochoa ayudó a descifrar: una continuidad perfecta en el procesamiento de la información biológica.
Se observa así una especie de fractalidad en la visión de Cajal: los principios de organización y flujo de información que él postuló para el macrocosmos del cerebro se reflejan en el microcosmos del núcleo celular que él mismo descubrió. La lucha por el control del Cuerpo de Cajal durante una infección viral es, en esencia, una lucha por el control de la información de la célula. El gran tema unificador de la obra de ambos sabios es, por tanto, la organización física del procesamiento de la información biológica.
5.2. La “Emoción de Descubrir”: Filosofía de un Científico Humanista
La figura de Severo Ochoa revela a un profundo humanista cuya filosofía de vida y de la ciencia resuena con los ideales de la escuela de la que provenía. A través de sus entrevistas y escritos, emerge el retrato de un hombre movido por una pasión primordial, lo que él llamaba la “emoción de descubrir”. Esta curiosidad insaciable, este gozo intelectual ante el desvelamiento de un secreto de la naturaleza, fue el motor de su existencia y el núcleo de su magisterio, como recordaría años más tarde su discípula Margarita Salas.
Su visión del mundo era la de un científico materialista, pero no reduccionista. Concebía la vida y el amor como “física y química”, pero añadía un matiz crucial: “una física y química muy sofisticadas”. Reconocía la complejidad emergente de los fenómenos vitales sin necesidad de recurrir a explicaciones sobrenaturales.

En el plano religioso, se definía como no creyente, pero su ateísmo estaba desprovisto de proselitismo. Mostraba un profundo respeto por las convicciones de los demás, especialmente las de su esposa:
Mi mujer era creyente, yo no; pero siempre vivimos muy felices, respetándonos nuestras ideas. Nunca fue un problema.
Severo Ochoa
Esta actitud se extendía a su ética científica. Creía firmemente en la libertad de investigación, en la idea de que “todo lo que contribuya a aumentar el conocimiento humano debe hacerse, aunque no se sepa lo que puede venir detrás”. Sin embargo, esta defensa del conocimiento por el conocimiento no implicaba una ceguera moral. Sostenía con igual firmeza que el científico tiene la responsabilidad de “intentar impedirse la utilización de aquello que puede ser perjudicial para la humanidad”, y condenaba sin paliativos a quienes colaboran conscientemente en proyectos con fines destructivos.
Esta ética no era una opinión personal aislada, sino el eco directo de la filosofía humanista de la JAE y de Cajal. Su insistencia en la libertad del investigador y en la ciencia como una empresa al servicio del progreso social es la continuación del espíritu regeneracionista que animó a la Edad de Plata. Ochoa no era un científico en una torre de marfil; era el portador de un ADN filosófico heredado de la escuela de Cajal, un legado que se sentía obligado a transmitir a la siguiente generación.
Este humanismo integral, que bebía directamente de sus años en la Residencia de Estudiantes, le granjeó la admiración de figuras de todos los campos, hasta el punto de que Salvador Dalí, su antiguo compañero en la Colina de los Chopos, le regaló el cuadro La escalera de Jacob para celebrar su 70 cumpleaños.

5.3. El hombre tras el Nobel: pensamientos, pasiones y convicciones
La figura pública del Nobel a menudo oculta la riqueza de la personalidad privada. En el caso de Ochoa, sus entrevistas tardías revelan a un hombre de gustos refinados, convicciones firmes y una visión del mundo coherente con su formación científica. Su cultura era vasta: sentía debilidad por los grandes autores rusos como Tolstói y Dostoievski, releía a Clarín y consideraba Fortunata y Jacinta de Galdós una obra “genial”. En música, se inclinaba por Mozart y su Don Giovanni.
Sus juicios sobre las figuras públicas eran igualmente claros. Admiraba a Newton, Galileo y, por supuesto, a Cajal. En el ámbito político, sentía un gran respeto por J.F. Kennedy y elogiaba la labor del rey Juan Carlos I, a quien calificó de “excelente Rey Constitucional”. Su opinión sobre Francisco Franco era, en cambio, tajante e inequívoca: “Nunca tuve el menor respeto por él”.
Filosóficamente, se definía como un “profundamente materialista”, una visión que no consideraba antitética con los valores humanistas: “El mundo y la vida son Física y Química”. Esta perspectiva se extendía a sus creencias más íntimas. Se declaraba agnóstico, afirmando profesar la “religión de la Naturaleza” y explicando que no le era “fácil explicar cómo llegué al agnosticismo”. Esta cosmovisión, forjada en la lógica y la evidencia, era el fundamento intelectual sobre el que se asentaba tanto su ciencia como su vida. Pero en sus reflexiones finales, Ochoa admitía con una humildad que solo los sabios poseen: “Me he dedicado a investigar la vida y no sé por qué ni para qué existe”. A pesar de haber cartografiado sus procesos moleculares, la esencia misma del ser seguía siendo un misterio insondable. No obstante, legó una verdad metafísica sobre la existencia: “Mi verdad básica es que todo tiempo es un ahora en expansión”.
Mi verdad básica es que todo tiempo es un ahora en expansión. Me he dedicado a investigar la vida y no sé por qué ni para qué existe.
Severo Ochoa.
5.4. Los últimos años: el silencio tras la pérdida
Tras su regreso definitivo a España en 1985, Severo Ochoa continuó siendo una figura activa y venerada en la comunidad científica. Sin embargo, un año después, en 1986, su vida sufrió un golpe del que nunca se recuperaría: la muerte de su esposa, Carmen García Cobián, tras 55 años de matrimonio.
La pérdida lo sumió en una profunda depresión. Aquel hombre que había desentrañado los mecanismos moleculares de la vida se enfrentaba ahora a su vacío existencial. Sus propias palabras, recogidas en una entrevista de esa época, son un testimonio desgarrador de su dolor: “Yo estuve locamente enamorado de Carmen toda la vida. Y ahora la vida sin ella no es vida”. Confesaba haber perdido todo interés por vivir, y su negativa a buscar alivio revela la profundidad de su vínculo: “Yo no busco el consuelo fácil. Prefiero no tener consuelo. Consolarme con la muerte de Carmen me parecería una traición hacia ella”. Este epílogo personal, teñido de una tristeza insondable, es esencial para comprender la dimensión completa del hombre detrás del científico. Demuestra que el motor de su extraordinaria carrera no fue la ambición en solitario, sino una profunda comunión humana. Para él, la ciencia y el amor no eran esferas separadas, sino interdependientes.
Su exilio, por tanto, no fue solo una huida, sino una custodia de la llama. Ochoa se convirtió en el puente necesario que permitió que la ciencia española no desapareciera, sino que hibernara en los mejores laboratorios del mundo para regresar, décadas después, con una fuerza renovada.
5.5. El epitafio de Luarca: amor en la orilla del Cantábrico
Severo Ochoa falleció en Madrid el 1 de noviembre de 1993. Su última voluntad fue ser enterrado en su Luarca natal, en el hermoso cementerio que se asoma a los acantilados del Cantábrico, junto a su amada Carmen. Pero antes de morir, había dejado preparado un último mensaje, un testamento final grabado en piedra. Entregó a un familiar un paquete con instrucciones de no abrirlo hasta después de su muerte. En su interior se encontraba la lápida que hoy cubre su tumba. La inscripción, redactada por él mismo, es la síntesis perfecta de su existencia:
“Aquí yacen Carmen y Severo Ochoa. Unidos toda una vida por el Amor. Ahora eternamente vinculados por la muerte”.
Fotografía de Yolanda
Fotografía de Yolanda

Este epitafio es la clave que unifica toda su historia. En la hora final, el Premio Nobel, el padre de la biología molecular, el maestro de generaciones, elige definirse no por sus descubrimientos, sino por su unión con Carmen. Es la declaración definitiva de que el amor fue el principio y el fin, la fuerza cohesiva que dio sentido a una vida de ciencia, exilio y perseverancia. Es un monumento a una colaboración vital que trasciende incluso a la propia muerte. Esta es la declaración definitiva de que el amor fue la fuerza cohesiva que dio sentido a una vida de ciencia, exilio y ese constante e inextinguible anhelo de volar.
5.6. El legado institucionalizado: una llama viva en el siglo XXI
La prueba más tangible de que la llama sigue viva es la vitalidad de las instituciones que Ochoa ayudó a crear. El Centro de Biología Molecular Severo Ochoa (CBMSO), la joya de la corona de su legado institucional, celebra su 50 aniversario en 2025. Lejos de ser una reliquia, el centro es hoy una potencia investigadora con cerca de 100 grupos y más de 500 científicos que exploran las fronteras de la biomedicina. La conmemoración de su medio siglo de historia, que incluirá un simposio internacional con premios Nobel, la emisión de un sello conmemorativo por Correos y un billete de lotería especial, subraya su estatus como referente nacional e internacional.
Junto al centro de investigación, el legado de Ochoa se perpetúa a través de la Fundación Carmen y Severo Ochoa, creada por voluntad del propio científico para que su nombre y el de su esposa permanecieran siempre unidos. La fundación mantiene viva la llama del conocimiento a través de varias iniciativas. Anualmente convoca el prestigioso Premio Carmen y Severo Ochoa de Investigación en Biología Molecular para reconocer el trabajo de investigadores en España. Además, organiza la Lección Conmemorativa Severo Ochoa cada noviembre, coincidiendo con el aniversario de su fallecimiento.
Este impulso no se limita a la conmemoración, sino que fomenta activamente la ciencia de vanguardia. Un ejemplo fue la “1ª Conferencia Severo Ochoa”, organizada en colaboración con la Sociedad Española de Bioquímica y Biología Molecular (SEBBM) en la Facultad de Farmacia de la Universidad de Salamanca y coordinada por el Prof. Juan Pedro Bolaños. Este evento se centró en temas de frontera como el acoplamiento metabólico entre astrocitos y neuronas, demostrando que el nombre de Ochoa sigue asociado no solo a la historia, sino al futuro de la investigación.

Tras el éxito del Golden Jubilee Symposium celebrado a finales de 2025, el CBMSO encara 2026 no solo como un centro de memoria, sino como el motor de la nueva medicina de precisión en España, demostrando que la visión de Ochoa sobre la investigación básica es hoy más rentable y necesaria que nunca.
5.7. La llama inextinguible: un legado de resiliencia
El legado de la escuela de Cajal, por tanto, es dual. Por un lado, es un legado de ciencia. El CSIC, a pesar de haber nacido de las cenizas de la JAE y con una ideología opuesta, es su heredero estructural. La ciencia española de hoy, con sus centros de investigación punteros —muchos de los cuales ostentan con orgullo la acreditación de excelencia “Severo Ochoa”— es el testimonio vivo de que la empresa intelectual iniciada a principios del siglo XX ha dado frutos extraordinarios.
Pero, por otro lado, es un legado de resiliencia humana. La historia que une a Cajal, la JAE, Ochoa, Grunberg-Manago, Salas y Viñuela es la prueba de que, aunque las instituciones pueden ser destruidas, los presupuestos recortados y las personas forzadas al exilio, hay algo que puede sobrevivir a las peores catástrofes históricas: el conocimiento transmitido de maestro a discípulo. El rigor, la curiosidad, la pasión por el descubrimiento y el compromiso ético con la sociedad, cuando se transmiten como una llama de una generación a la siguiente, pueden cruzar océanos, sobrevivir a dictaduras y florecer de nuevo en los terrenos más áridos.
La llama que Cajal encendió, que casi fue extinguida por la guerra, que fue custodiada en el exilio por Ochoa y devuelta a España por sus discípulos, es, en efecto, inextinguible. Y hoy, gracias a ellos, brilla con más fuerza que nunca, iluminando el camino de la ciencia española hacia el futuro.
Centro de Biología Molecular Severo Ochoa (CBMSO)
5.8. Peregrinación a la fuente: la veneración de un Maestro
La admiración de Severo Ochoa por Santiago Ramón y Cajal no fue una simple inspiración juvenil, sino una devoción profunda que mantuvo a lo largo de toda su vida y que, en sus últimos años, adquirió la forma de un acto casi sagrado. Consideraba sus visitas a los lugares natales del maestro como “auténticas ‘peregrinaciones’”, un término que revela la dimensión espiritual que atribuía a su linaje intelectual. En febrero de 1990, junto a su amigo Francisco Grande Covián, visitó la casa donde Cajal vivió su infancia en Ayerbe (Huesca), un viaje que, aunque calificado de interés privado, se convirtió en un acontecimiento para la localidad.
El 19 de enero de 1990 Severo Ochoa y Francisco Grande Covián visitaron la casa donde vivió D. Santiago Ramón y Cajal en Ayerbe.





Esta veneración queda plasmada de forma indeleble en una nota manuscrita durante una de sus visitas a Petilla de Aragón, la cuna de Cajal. Sus palabras trascienden el mero respeto profesional para entrar en el terreno del afecto personal y la deuda intelectual:
Es para mí siempre motivo de gran emoción y alegría y de satisfacción el visitar la cuna de Santiago Ramón y Cajal […] Para mí, venir a la casa, al pueblo natal de D. Santiago es una verdadera peregrinación, porque no ha habido persona a quien yo haya admirado tanto.
Severo Ochoa

Estas visitas en sus últimos años cierran el círculo de una vida: el científico universal, en la cima del reconocimiento mundial, regresando a las raíces de su inspiración, a la llama primera que encendió su inextinguible emoción por descubrir.
5.9. La llama en la red de Villas de Nobel
Una vez fallecido la devoción de Severo Ochoa por sus raíces y por la figura de Cajal ha trascendido lo personal para institucionalizarse en la red Villas de Nobel. Esta iniciativa cultural y científica conecta a localidades europeas que han sido cuna de grandes mentes, promoviendo la igualdad y el reconocimiento de villas pequeñas con una historia colosal.
Actualmente, esta red hermana a Valdés-Luarca (Asturias), cuna de Ochoa; Petilla de Aragón (Navarra), cuna de Cajal; y Corteno Golgi (Italia), cuna de Camillo Golgi. Este vínculo, que define la ciencia como un “vehículo de paz”, busca expandirse hacia otros horizontes como la localidad noruega de Fosnavåg, origen de la Nobel May-Britt Moser. Como señala Regina Revilla, de la Fundación Carmen y Severo Ochoa, este hermanamiento es una celebración de la identidad común europea a través de la excelencia científica, uniendo simbólicamente a los sabios a través de los paisajes que los vieron nacer. Ciudadanos, igualdad, derechos y valores.
Bibliografía
-
Grunberg-Manago, M., Ortiz, P. J., & Ochoa, S. (1956). Enzymic Synthesis of Polynucleotides. I. Polynucleotide Phosphorylase of Azotobacter vinelandii. Biochimica et Biophysica Acta, 20, 269-285.
-
Grunberg-Manago, M. (1997). Severo Ochoa. 24 September 1905–1 November 1993. Biographical Memoirs of Fellows of the Royal Society, 43, 351–365.
-
Ochoa, S. (1948). Biosynthesis of Dicarboxylic Acids by Carbon Dioxide Fixation. I. Isolation and Properties of an Enzyme from Pigeon Liver Catalyzing the Reversible Oxidative Decarboxylation of L-Malic Acid. Journal of Biological Chemistry, 174(1), 133-157.
-
Ochoa, S. (1964). Enzymatic synthesis of ribonucleic acid. In Nobel Lectures, Physiology or Medicine 1942-1962 (pp. 643-663). Elsevier Publishing Company.
-
Ochoa, S. (1980). A Pursuit of a Hobby. Annual Review of Biochemistry, 49, 1–31.
-
Salas, M. (2012). My life with bacteriophage ø29. Journal of Biological Chemistry, 287(43), 35759-35769.
-
Sánchez Ron, J. M. (2020). El país de los sueños perdidos: Historia de la ciencia en España. Taurus.
-
Santesmases, M. J. (2005). Severo Ochoa: De músculos a proteínas. Editorial Síntesis.
-
Moreno, A. (2018, 25 de noviembre). Severo Ochoa, un NOBEL marcado por el acento canario. La Provincia / Diario de Las Palmas.
-
Vallina, A. (2026, 27 de febrero). Margarita Salas, mi madre: “Su legado es inspirador, demostró que la excelencia habla por sí sola”. El Mundo / Crónica.
-
Consejo Superior de Investigaciones Científicas. (1970). Patronato Santiago Ramón y Cajal: Memoria 1969. Madrid: CSIC.

Comentarios
Para activar los comentarios: ve a giscus.app, introduce el repositorio
joseadserias-dotcom/cajal-digitaly reemplaza los IDs ensrc/layouts/Articulo.astro.