Introducción: El Ojo del Sabio

En la cúspide del panteón científico, la figura de Santiago Ramón y Cajal (1852-1934) se erige como el padre fundador de la neurociencia, un titán cuyo microscopio desveló los secretos más íntimos del sistema nervioso. Sin embargo, reducir su genio a la histología sería omitir la esencia de un hombre verdaderamente renacentista, un “científico humanista” para quien el Arte y la Ciencia no eran disciplinas opuestas, sino lenguajes complementarios para interrogar la realidad. Junto a su bisturí y sus tinciones, Cajal empuñó con igual maestría la pluma del escritor, el lápiz del dibujante y, con una pasión que le acompañó toda la vida, la cámara fotográfica. Esta última no fue un mero pasatiempo, sino una disciplina paralela, un laboratorio de ideas y un “seguro refugio contra los golpes de la adversidad” que corrió en paralelo a su monumental labor científica.

La fotografía fue para Cajal la “compensación feliz” a sus frustradas aspiraciones artísticas, una vocación temprana a la que su padre se opuso con vehemencia. Sin embargo, esta pasión reprimida se convirtió en una herramienta fundamental para su desarrollo intelectual. Su experiencia como fotógrafo influyó de manera decisiva en su forma de visualizar las estructuras microscópicas, y la precisión y claridad de sus dibujos científicos, considerados hoy obras de Arte, están intrínsecamente ligadas a su profundo entendimiento de la imagen fotográfica. Él mismo lo sentenció con una rotundidad que enmarca toda su existencia:

Qué duda cabe, a la ciencia no van más que los artistas. […] A mis aficiones artísticas de niño, a las que mi padre se opuso intensamente, debo lo que soy ahora.

Este artículo se adentra en ese otro legado, el del Cajal fotógrafo. Explora desde la génesis de su fascinación en la niñez hasta sus pioneros y meticulosos trabajos sobre la fotografía en color, que culminaron en la publicación de una obra capital en 1912. Analiza la profunda simbiosis entre la lente de su cámara y la de su microscopio, y desvela cómo el vasto archivo visual que nos legó —compuesto por autorretratos, escenas familiares, crónicas de viajes y bodegones— complementa y enriquece la comprensión de uno de los intelectos más extraordinarios de la historia.

I. La Estupefacción Original: Génesis de una Pasión Fotográfica

La relación de Santiago Ramón y Cajal con la luz y la imagen nació, como tantos episodios de su vida, de la rebeldía y la curiosidad indómita. La primera revelación le llegó en su escuela de Ayerbe, durante un castigo. Encerrado en un aula en penumbra, un joven Cajal observó un fenómeno que le cautivó: la luz que se filtraba por una grieta en la contraventana proyectaba sobre el techo, invertidas y a todo color, las figuras de personas y caballerías que transitaban por el exterior. Era el principio de la cámara oscura. Lejos de aburrirse, el niño experimentó: ensanchó el agujero y vio las imágenes volverse difusas; lo redujo y observó cómo ganaban nitidez. En sus memorias, Recuerdos de mi vida, relata cómo transformó el castigo en descubrimiento:

”… propúseme sacar partido de mi impensado descubrimiento… entreteníame en calcar sobre papel aquellas vivas y brillantes imágenes, que parecían consolar, como una caricia, las soledades de mi cárcel”.

Si la cámara oscura fue el descubrimiento de la física, el encuentro con la química fotográfica fue una epifanía. Hacia 1868, con dieciséis años, tuvo la oportunidad de entrar en el “augusto misterio del cuarto obscuro” de un laboratorio improvisado en Huesca. Allí presenció el proceso de revelado, el momento mágico en que la imagen latente emerge de la placa. La experiencia, en sus propias palabras, le causó una “verdadera estupefacción”. Fue el inicio de una pasión que, como él mismo admitiría, “apenas se mitigó” a lo largo de su vida.

Esta fascinación inicial se consolidó y se convirtió en una práctica seria durante uno de los periodos más difíciles de su juventud. Tras regresar de la guerra de Cuba como capitán médico, gravemente enfermo de malaria y con los pulmones afectados, se retiró al balneario de Panticosa para su convalecencia. Fue allí, en medio del abatimiento físico y la frustración profesional, donde la fotografía se erigió como un bálsamo y una vocación sustituta. Probablemente con los ahorros obtenidos en la contienda, adquirió su primera cámara. La fotografía se convirtió en el cauce perfecto para su “anhelo de belleza” y una forma de compensar sus “tendencias pictóricas definitivamente defraudadas” por la oposición paterna. Este patrón de encontrar en la adversidad un catalizador para el descubrimiento —el castigo que lleva a la óptica, la enfermedad que lleva a la práctica fotográfica— revela una de las características más profundas de su genio: una resiliencia intelectual que le permitía transformar las circunstancias negativas en oportunidades para el aprendizaje y la creación. 

II. El Rigor del Laboratorio en el Cuarto Oscuro

La afición de Cajal por la fotografía trascendió rápidamente el pasatiempo para convertirse en una disciplina ejercida con el mismo rigor metódico que aplicaba en su laboratorio de histología. Llevaba cuadernos donde anotaba ideas, resultados y sugerencias de mejora, abordando la fotografía como un campo de experimentación científica. Un ejemplo notable de su meticulosidad es su conclusión empírica, fruto de innumerables ensayos, de que

durante la fabricación de placas, la disolución de plata en la solución de gelatina, no debe hacerse por encima de 40 °C … porque corremos el riesgo de obtener emulsiones de grano demasiado grueso.

Esta búsqueda de control total sobre el proceso le llevó a convertirse en un auténtico artesano. Junto a su esposa, Silveria Fañanás, estableció un pequeño taller doméstico para fabricar sus propias placas de gelatina-bromuro. Esta empresa no solo le aseguraba un suministro de material de alta calidad adaptado a sus exigentes necesidades, sino que también se convirtió en una modesta fuente de ingresos, ya que vendían sus placas, con modificaciones propias, a otros fotógrafos de la época. Este acto de fabricar sus propios materiales es una manifestación de su “voluntad de trabajo”, un principio ético central en su vida. No era un mero consumidor de tecnología; buscaba el dominio completo del medio, desde sus fundamentos químicos hasta la imagen final.

Silveria Petra Josefa Fañanás García
Silveria Petra Josefa Fañanás García

Su pericia técnica no se detuvo ahí. Fue un pionero en campos como la microfotografía, llegando a realizar “cuatro autofotografías microscópicas (de 1,5 mm.)” en un portaobjetos emulsionado, un claro precursor del microfilm moderno. Lejos de la imagen del científico que trabaja con medios precarios, Cajal se aseguró de contar con un equipamiento fotográfico de vanguardia, invirtiendo en algunas de las mejores cámaras disponibles en su tiempo. Su colección, parte de la cual se conserva en el Legado Cajal, demuestra la seriedad y el nivel profesional de su práctica.

**EquipoTipoCaracterísticas y Relevancia****Cámara Steinheil (Múnich)**EstereoscópicaPermitía la creación de imágenes con percepción de profundidad tridimensional, demostrando su temprano interés por la representación del espacio, un desafío clave también en la micrografía.**Cámara Verascope (Jules Richard)**Estereoscópica de reporteroRegistrada en 1894, fue la cámara que utilizó habitualmente en sus viajes. Su popularidad entre los fotógrafos amateurs avanzados sitúa a Cajal en la vanguardia de la fotografía de su tiempo.Cámara E. KraussFormato estándarEstaba equipada con un objetivo Zeiss, sinónimo de la máxima calidad óptica alemana. Esta elección subraya su búsqueda incansable de la nitidez y la precisión en la imagen.**Cámara L. Gaumont & Cía. “Stereo Spido”**EstereoscópicaUn modelo más moderno que los anteriores, lo que indica que se mantenía constantemente actualizado sobre los avances tecnológicos en el campo fotográfico.Otro EquipamientoLaboratorio y accesoriosContaba con un laboratorio propio en la calle del Prado en Madrid, además de aparatos de microfotografía y diversos visores, conformando un entorno de trabajo completo y profesional.

Este arsenal tecnológico, combinado con su profundo conocimiento químico y su disciplina experimental, sitúa a Cajal no como un aficionado, sino como un fotógrafo experto y un innovador técnico a la altura de los grandes nombres de la fotografía española de su época.

III. La fotografía de los colores (1912): Un Hito en la Heliocromía Española

A principios del siglo XX, la fotografía en color era el gran desafío técnico, una carrera internacional en la que competían dos paradigmas principales. Por un lado, el método interferencial del físico francés Gabriel Lippmann, galardonado con el Nobel de Física en 1908, que producía imágenes de una fidelidad cromática teóricamente perfecta mediante un complejo proceso basado en la interferencia de ondas de luz, pero que era impracticable fuera del laboratorio. Por otro, el método aditivo de los hermanos Lumière, cuyas placas Autocromo, lanzadas en 1907, se convirtieron en el primer sistema de fotografía en color comercialmente viable, aunque con limitaciones en cuanto a luminosidad y grano.

La fotografía de los colores. Santiago Ramón y CajalLa fotografía de los colores. Santiago Ramón y Cajal

En este efervescente contexto, Cajal publica en 1912 su monografía La fotografía de los colores. Bases científicas y reglas prácticas, una obra capital en la literatura fotográfica española que, tristemente, pasó casi inadvertida en su momento. El libro era el resultado de años de investigación y experimentación personal, motivados por su afán de comprender y divulgar los principios de la heliocromía. En él, Cajal no solo explicaba los métodos existentes, sino que detallaba su propio procedimiento, que decidió no patentar, lamentando la ausencia en España de una industria capaz de fabricar las placas necesarias para su desarrollo.

El “Método Cajal” fue el resultado de una evolución en busca de un sistema práctico y reproducible.

  • Primera Fase (Pantalla Separada): Su primer intento consistía en una pantalla de cristal con un finísimo punteado de los tres colores primarios, que se colocaba en la cámara justo delante de una placa pancromática estándar. Este sistema, muy similar al método Paget comercializado en Inglaterra, tenía una ventaja crucial sobre el Autocromo: la pantalla de color y la placa sensible eran elementos separados.

  • Segunda Fase (Experimentación Biológica): Buscando mejorar la regularidad del mosaico de color, que en las placas Lumière se basaba en granos de fécula de patata de tamaño irregular, Cajal tuvo la original idea de utilizar microbios. Tras matarlos por calor, los teñía con los colores primarios, aprovechando la uniformidad de su forma para crear una trama cromática más precisa.

  • Tercera Fase (Método Definitivo): Finalmente, en un artículo de 1906, describió el que sería su procedimiento definitivo, sustituyendo los microbios por diminutos filamentos de seda o lana teñidos con los tres colores fundamentales, logrando así una pantalla de color flexible y eficiente.

La genialidad del método de Cajal residía en su diseño funcional. A diferencia del Autocromo, que producía una imagen positiva única (una diapositiva), el sistema de pantalla separada de Cajal generaba un negativo en blanco y negro. A partir de este único negativo, se podían obtener por contacto un número ilimitado de copias positivas en color, simplemente proyectando la imagen a través de una “pantalla de visionado” con la misma trama de colores. Esta reproducibilidad, imposible con los métodos de Lippmann o Lumière, era un avance fundamental para la aplicación científica y documental de la fotografía.

El Legado Cajal demuestra que su interés no fue meramente teórico. Se conservan varias de sus placas en color, incluyendo bodegones de exquisita composición. Una de las más notables, la placa 1800-001, que representa un bodegón con su microscopio y unas estatuillas, está identificada como realizada mediante el complejísimo método de Lippmann. Este hecho es revelador: Cajal no solo desarrolló su propio método pragmático, sino que también dominó las técnicas más arduas y teóricamente perfectas de su tiempo, demostrando una maestría técnica integral en la conquista del color.

Placa 1800-001. Bodegón coloreado con el Metodo Interferencial de Lipmann.
Placa 1800-001. Bodegón coloreado con el Metodo Interferencial de Lipmann.

Característica****Método Interferencial (Lippmann)****Autocromo (Lumière)Método Cajal / PagetPrincipio FísicoInterferencia de ondas de luzSíntesis aditiva tricromáticaSíntesis aditiva tricromáticaMateriales ClaveEmulsión de grano ultrafino, mercurioGranos de fécula de patata teñidosPantalla de color separada (cristal, seda)ProcesoCreación de ondas estacionarias en la emulsiónFiltrado de luz a través de un mosaico de color integrado en la placaExposición de una placa B/N a través de una pantalla de color externaResultado PrimarioImagen única, positivaImagen única, positiva (diapositiva)Negativo en blanco y negroReproducibilidadNula. Cada imagen es única.Muy limitada y con pérdida de calidad.Ilimitada. Permite múltiples copias en color y B/N desde un solo negativo.VentajasFidelidad cromática teóricamente perfecta.Primer método comercialmente exitoso. Colores agradables.Reproducibilidad, exposiciones más cortas, versatilidad del negativo.DesventajasExtremadamente complejo, exposiciones muy largas, ángulo de visión crítico.Exposiciones largas, pérdida de luz, grano visible, imagen única.Calidad de color inferior al Autocromo, riesgo de desalineación de la trama.

IV. A Través del Objetivo: Temas y Estilos en la Obra Fotográfica de Cajal

El archivo fotográfico de Santiago Ramón y Cajal, custodiado principalmente en el Instituto Cajal (CSIC), constituye un tesoro visual de más de 2.700 bienes, incluyendo placas de vidrio, microfotografías y cientos de vistas estereoscópicas. Este vasto corpus no es una colección de imágenes dispares, sino un coherente diario visual autobiográfico que traza un mapa de sus intereses, sus afectos y su forma de ver el mundo. A través de su objetivo, podemos distinguir varios géneros recurrentes que nos revelan las múltiples facetas del hombre.

El Autorretrato y la Construcción del “Héroe Científico”

Cajal fue un maestro del autorretrato. La mayoría de las imágenes icónicas que tenemos de él fueron tomadas por él mismo. En ellas, se presenta a menudo en su santuario, el laboratorio, rodeado de los atributos de su oficio: el microscopio, el microtomo, los libros, o ataviado con la toga académica. Estas imágenes son una cuidada construcción de su identidad pública. No son meros retratos, sino declaraciones de principios: se muestra como un trabajador intelectual, un pionero solitario, un sabio. En muchos de ellos, esconde con astucia el disparador remoto en su puño cerrado, un detalle que revela su control total sobre la escena y su propia imagen. Este repertorio visual fue tan potente que contribuyó a forjar en el imaginario popular español la figura del “héroe científico”, un arquetipo de los valores patrióticos y el progreso.

La Mirada Íntima: Silveria y la Familia

Esta fotografía se toma en el año 1883, hace 142 años, Silveria Fañanás García tiene 29 años y va de excursión con su familia al Castillo románico de Loarre en la provincia de Huesca.
Esta fotografía se toma en el año 1883, hace 142 años, Silveria Petra Josefa Fañanás García tiene 29 años y va de excursión con su familia al Castillo románico de Loarre en la provincia de Huesca. .

En agudo contraste con la solemnidad de sus autorretratos oficiales, las fotografías de su familia revelan una faceta de profunda ternura. Su esposa, Doña Silveria Fañanás, es una presencia constante y luminosa en su obra, retratada sola o rodeada de sus siete hijos en innumerables escenas de la vida cotidiana. Las imágenes capturan momentos íntimos: la familia en su casa de Valencia en 1886 o en Madrid en 1905,

Silveria Fañanás
Silveria Petra Josefa Fañanás García con Santiago Felipe Ramón Cajal.

Silveria con sus hijos en el campo, o posando con elegancia en el majestuoso castillo de Loarre. Este extenso archivo familiar responde a una profunda conciencia del valor de la fotografía como herramienta contra el olvido, una necesidad que se vuelve conmovedora cuando se lee en sus memorias su lamento por no poseer retratos de la juventud de sus propios padres.

Silveria Fañanás García
Silveria Petra Josefa Fañanás García con Santiago Felipe Ramón Cajal en familia.

El Documentalista Viajero

Cajal fue un viajero infatigable, y su cámara estereoscópica fue su compañera inseparable. Su archivo es una crónica visual de sus periplos por España y el extranjero. Capturó la grandiosidad del Acueducto de Segovia, Salamanca, la fachada de la Catedral de Génova, el Foro Romano o el bullicio de la Plaza de San Marcos en Venecia. Sus fotografías de viajes, especialmente las estereoscópicas que ofrecen una visión tridimensional, no son simples postales, sino el registro de una mirada curiosa y analítica, interesada por la arquitectura, el arte y la vida de las ciudades que visitaba, desde un parque de atracciones en Inglaterra hasta las calles de Nueva York.

La Belleza en lo Cotidiano

Su sensibilidad artística, heredada de su frustrada vocación de pintor, se manifiesta plenamente en sus bodegones. Estas composiciones, a menudo realizadas con una clara “ambición pictoralista”, son un fascinante microcosmos de su mundo. En ellas, Cajal fusiona lo científico con lo cotidiano: un microscopio comparte protagonismo con estatuillas clásicas, reactivos de laboratorio se yuxtaponen a frutas y naranjas, y botellas populares de la época como el ron Negrita o el Anís del Mono se convierten en objetos de estudio estético. Estas imágenes demuestran un ojo excepcional para la composición, la luz y la textura, y revelan su capacidad para encontrar una belleza profunda en la confluencia de la ciencia, el arte y la vida diaria.

V. Diálogos Fecundos: La Lente, el Microscopio y la Retina

La simbiosis entre la fotografía y la neurociencia en la obra de Cajal es tan profunda que resulta imposible entender sus avances en un campo sin considerar su maestría en el otro. No se trata de dos pasiones paralelas, sino de dos corrientes de conocimiento que se nutrieron y fecundaron mutuamente, unidas por un puente material —la química del nitrato de plata— y uno conceptual: el estudio del sistema visual.

El nexo químico es el más tangible. Las sales de plata, y en particular el nitrato de plata, son el compuesto fundamental tanto de las emulsiones fotográficas de la época (el gelatino-bromuro) como de la revolucionaria técnica de tinción histológica de Camillo Golgi, la reazione nera. El método de Golgi era caprichoso e inestable, pero Cajal, gracias a su profundo conocimiento de la fotoquímica, supo modificarlo y perfeccionarlo, logrando una consistencia y una claridad que le permitieron hacer sus descubrimientos. Su éxito, que le valió el Premio Nobel, se debió en gran medida a su capacidad para tratar la preparación histológica como si fuera una placa fotográfica, controlando las variables de la reacción de plata con una pericia que sus contemporáneos no poseían. Sus propios métodos de tinción, como el del “nitrato de plata amoniacal”, son un testimonio directo de esta transferencia de conocimiento.

El nexo conceptual se encuentra en la retina, el tejido que Cajal describió como “el más antiguo y persistente de mis amores de laboratorio”. Fue en sus estudios sobre la retina de las aves y los mamíferos donde demostró por primera vez, de manera irrefutable, la “doctrina de la neurona”, probando que las células nerviosas son unidades individuales y no una red continua como defendía Golgi. Para un experto en fotografía, la retina es el análogo biológico perfecto de una placa fotográfica: una superficie sensible a la luz, capaz de capturar una imagen del mundo exterior. Su comprensión de la física de la luz y la óptica, afilada por la práctica fotográfica, le proporcionó un marco conceptual único para desentrañar la arquitectura de los conos y bastones y el procesamiento de la información visual.

Esto nos lleva a la gran “paradoja Cajal”: si era un fotógrafo tan experto y disponía de aparatos de microfotografía, ¿por qué todas sus publicaciones científicas están ilustradas exclusivamente con dibujos a mano?. La respuesta revela la profundidad de su método científico y su concepción del conocimiento.

  • Una Pasión Artística y Herramienta de Pensamiento: Cajal amaba dibujar. Para él, el acto de dibujar no era una mera copia, sino una forma de pensar, de analizar y de comprender la estructura que observaba.

  • Un Afán Didáctico Superior: Un dibujo permite interpretar la realidad, mientras que una fotografía la registra sin jerarquías. Cajal usaba el dibujo para guiar la mirada del lector, para enfatizar las estructuras cruciales y omitir lo anecdótico. Sus ilustraciones, a menudo con flechas que indican el flujo del impulso nervioso, son esquemas funcionales diseñados para enseñar.

  • Una Limitación Técnica de la Época: La microfotografía del siglo XIX tenía una profundidad de campo extremadamente reducida. Era incapaz de capturar en un solo plano la vasta y compleja arborización tridimensional de una neurona, que se extiende por múltiples niveles focales. Un dibujo, en cambio, podía reconstruir esa tridimensionalidad en una imagen bidimensional.

  • La Creación de un “Ideal Sintético”: Esta es la razón más profunda. Los dibujos de Cajal rara vez representan una única neurona vista en una sola preparación. Son, en realidad, una imagen idealizada, una síntesis conceptual construida a partir de la observación de cientos de preparaciones. En su dibujo, Cajal integraba los detalles más claros y representativos de cada observación, eliminando los artefactos de la tinción y las variaciones individuales para presentar la “verdad” esencial de la estructura neuronal, no la “realidad” contingente de una única célula muerta.

La fotografía, por tanto, no era para Cajal un sustituto del dibujo, sino una herramienta distinta con un propósito diferente. La fotografía era para ver y registrar la realidad de una preparación; el dibujo era para analizar, entender y explicar la verdad de un principio biológico.

VI. “La Vida Pasa, Pero la Imagen Queda”: La Filosofía Fotográfica de un Inmortal

Más allá de la técnica y la ciencia, la fotografía fue para Santiago Ramón y Cajal un profundo ejercicio humanista, una meditación sobre el tiempo, la memoria y la condición humana. Sus escritos revelan una filosofía de la imagen que eleva su práctica de un pasatiempo erudito a una respuesta existencial ante la fugacidad de la vida. Para el “trabajador intelectual”, la fotografía era una “distracción incomparable”, un solaz que introducía “un poco de poesía y algo de emoción imprevista” en las “miserias de la lucha profesional”. Confesó en sus memorias cómo esta afición le sirvió de consuelo en los momentos difíciles:

De mí sé decir que olvidé muchas mortificaciones gracias a un buen cliché, y que no pocas pesadumbres crónicas fueron conllevadas y casi agradecidas al dar cima a feliz excursión fotográfica.

Pero el núcleo de su filosofía fotográfica reside en su poder para combatir el olvido. Cajal veía en la cámara un instrumento para “inmortalizar”, una tecnología capaz de desafiar la entropía del tiempo. Esta visión se condensa en una de sus reflexiones más célebres y conmovedoras:

Privilegio de la fotografía, como del arte, es inmortalizar las fugitivas concreciones vitales de la Naturaleza. Merced a aquéllas, parecen resucitar generaciones extinguidas, seres sin historia que no dejaron la menor huella de su existencia. La vida pasa, pero la imagen queda.

Esta lucha contra la aniquilación de la memoria no era una abstracción teórica, sino una necesidad vital, teñida por la experiencia personal. En Recuerdos de mi vida, se lamenta amargamente: “No poseo, por desgracia, retratos de la época juvenil, ni siquiera de la madurez de mis progenitores”. Esta ausencia, esta brecha irreparable en su propio pasado, probablemente impulsó su metódico y amoroso registro de su propia familia, asegurándose de que las generaciones futuras no sufrieran la misma pérdida. Sus fotografías no son solo imágenes; son actos de rescate.

El legado fotográfico de Cajal es, en última instancia, inseparable de su obra científica y de su pensamiento. La misma mirada que penetró en la “selva impenetrable” del cerebro para cartografiar sus sendas, se posó con igual intensidad sobre el rostro de su esposa, la arquitectura de una catedral o la composición de un bodegón. La cámara fue para él una extensión de su curiosidad insaciable, una ventana al alma de un artista que encontraba belleza en las “mariposas del alma”, de un científico que buscaba la verdad en la interacción de la luz y la plata, y de un hombre que halló en la imagen fijada un ancla de memoria y consuelo contra la inexorable corriente del tiempo. Su archivo fotográfico no es un apéndice a su obra magna; es otro capítulo esencial de la misma.

VII. Bibliografía Recomendada

Obras de Santiago Ramón y Cajal

  • Ramón y Cajal, S. (1912). La fotografía de los colores: Bases científicas y reglas prácticas. Madrid: Imprenta y Librería de Nicolás Moya.

  • Ramón y Cajal, S. (1917). Recuerdos de mi vida (Tomos I y II). Madrid: Imprenta y Librería de Nicolás Moya.

  • Ramón y Cajal, S. (1899). Manual de histología normal y técnica micrográfica. Madrid.

  • Ramón y Cajal, S. (1905). Nuevo intento de fotografía tricroma. La Fotografía, (1), 3-8.

  • Ramón y Cajal, S. (1910). Obtención de estereofotografías con un sólo objetivo de gran abertura. Madrid: Imprenta Hijos de M. G. Hernández.

Archivos y Legado

  • Instituto Cajal (CSIC). Legado Cajal. Archivo fotográfico y documental.