Dos de las figuras más imponentes en la historia de la neurociencia, el español Santiago Ramón y Cajal y el británico Charles Scott Sherrington, revolucionaron nuestra comprensión del sistema nervioso. Aunque sus enfoques principales diferían —Cajal fue el magistral anatomista que desveló su estructura y Sherrington el perspicaz fisiólogo que desentrañó su función—, sus trabajos estuvieron profundamente interconectados. Tras la muerte de Cajal en octubre de 1934, Sherrington, su amigo y colega, fue el encargado de escribir su obituario para la prestigiosa Royal Society de Londres. Ese texto no fue solo un resumen de logros, sino un tributo que captura la magnitud de su genio y la fuerza de su carácter¹.

Lo que sigue es una síntesis enriquecida, que fusiona la narración biográfica con los detalles y la perspectiva única del obituario de Sherrington, para ofrecer un retrato completo de la vida y obra del sabio español.

Santiago Ramón y Cajal: El Artista Rebelde que Dibujó el Alma

Santiago Ramón y Cajal (1852-1934) fue un personaje tan complejo y vibrante como las neuronas que dibujaba. Nació en Petilla de Aragón, en los Pirineos, y desde niño mostró un carácter rebelde y pasiones intensas¹. Su padre, un cirujano de origen campesino¹, se desesperaba ante su inclinación por el Arte¹, una pasión que Cajal nunca abandonó y que, de hecho, se convirtió más tarde en “la fiel servidora de su Ciencia”².

Tras un breve y traumático paso por el ejército en la guerra de Cuba, donde contrajo una malaria que le dejó la salud quebrantada, vivió su “revelación damascena”³. Un colega le mostró unos cortes histológicos bajo el microscopio, y para Cajal fue una epifanía. Invirtió todos sus ahorros en un viejo microscopio y se dedicó con una pasión que consumiría el resto de su vida a desentrañar los secretos del tejido vivo³.

En 1887, como catedrático en Barcelona, perfeccionó la “reazione nera”, el método de tinción de Camillo Golgi. Esa técnica fue la llave que usó para abrir la jungla impenetrable que era el sistema nervioso. Hasta entonces, la “teoría reticular” de Golgi y otros postulaba que las fibras nerviosas formaban una red continua. Con una energía sobrehumana, Cajal demostró que era incorrecto. Probó que cada célula nerviosa, o neurona, era una entidad individual que se comunicaba con otras a través de contactos especializados, un concepto que más tarde Sherrington denominaría “sinapsis”. Así nació la Doctrina de la Neurona, el pilar de la neurociencia moderna.

No se detuvo ahí. Formuló la Ley de la Polarización Dinámica y sus estudios abarcaron todo el sistema nervioso, siendo cada publicación una obra maestra de observación y magnífica ilustración.

Al otro lado del Canal de la Mancha, Sir Charles Scott Sherrington (1857-1952), era un hombre de talentos asombrosamente diversos. Además de un científico metódico, fue un notable atleta en su juventud, destacando en el remo y el rugby para su college en Cambridge, y fue también un pionero de los deportes de invierno en Grindelwald, Suiza.

Esta energía física se manifestaría más tarde de formas inesperadas; durante la Primera Guerra Mundial, con casi 60 años y como presidente de la Junta de Fatiga Industrial, trabajó en una fábrica de municiones en turnos de 13 horas diarias sin fatigarse. Su faceta más sorprendente fue, quizás, la de poeta. En 1925 publicó un libro de versos, The Assaying of Brabantius and other Verse. La anécdota cuenta que un crítico, desconociendo la identidad del autor, expresó su esperanza de que la “Señorita Sherrington” publicara más obras en el futuro.

Como fisiólogo, su contribución fue monumental. Es célebre por haber acuñado el término “sinapsis” para describir el punto de comunicación entre neuronas y por haber demostrado sus propiedades funcionales, recogiendo sus hallazgos en su obra maestra de 1906, The Integrative Action of the Nervous System.

Un Encuentro de Mentes: La Amistad Forjada en Londres

La relación entre Cajal y Sherrington no fue de colaboración diaria, sino de un profundo respeto intelectual cimentado en un único y trascendental encuentro. La admiración de Sherrington era tal que aprendió español para poder leer las obras de su ícono en su idioma original. En 1894, invitó a un Cajal, por entonces un científico brillante pero aislado, a impartir la prestigiosa Conferencia Croonian en Londres¹.

Cajal llegó a un Londres que le resultaba abrumador. En sus memorias, narra con inmensa gratitud cómo Sherrington se convirtió en su sombra. Actuando como un anfitrión perfecto, “abandonó sus ocupaciones y durante una semana me sirvió de amabilísimo guía e intérprete”³. El momento culminante fue la demostración práctica de sus preparaciones. El escepticismo de los científicos británicos se transformó en asombro, y para Sherrington fue la confirmación visual que necesitaba para sus propias ideas fisiológicas. En ese instante, la sinapsis cobró vida en su mente.

Legado y Reconocimiento

El reconocimiento mundial para Cajal culminó en 1906 con el Premio Nobel, que compartió, irónicamente, con Golgi³. Con su prestigio, creó el “Instituto Cajal” y la “Escuela Española de Neurología”³.

Como hombre, era austero, infatigable y de una honestidad intelectual absoluta. Fue elegido Miembro Extranjero de la Royal Society en 1909 y recibió su más alta distinción, la Medalla Copley, en 1920. La estructura del universo pensante, tal como la entendemos hoy, se asienta sobre los cimientos que él construyó.

Cuando Cajal falleció el 18 de octubre de 1934¹, fue Sherrington quien escribió su obituario, un tributo final donde lo describió como un hombre cuya obra, como la de un explorador, reveló “un mundo hasta entonces desconocido”¹. El legado de ambos es inmenso. No solo revolucionaron nuestra comprensión del cerebro, sino que demostraron, cada uno a su manera, que la pasión por el conocimiento, ya sea a través del arte del microscopio o de la elegante experimentación, podía cambiar el curso de la Ciencia.

Bibliografía

© Foto de la portada: London Bridge, 1894.