Esta exposición itinerante recorre las vida y la obra de la eminente científica polaco-francesa, dos veces Premio Nobel, María Sklodowska-Curie. La muestra ha sido creada por la empresa cultural Rocaviva Eventos y está comisariada por Belén Yuste y Sonnia L. Rivas-Caballero, autoras de las biografías “María Sklodowska-Curie. Ella misma” (Ed. Palabra) y “Descubriendo a Cajal” (Ed. Planeta).


La exposición María Sklodowska-Curie. Una polaca en París fue inaugurada el pasado 11 de febrero por el alcalde de Logroño con ocasión de la celebración del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia.










El recorrido expositivo comienza con un apartado dedicado a Alfred Nobel -industrial sueco creador de los famosos premios-, e incluye piezas de la vajilla del exclusivo banquete Nobel.



La introducción dedicada a Alfred Nobel da paso al itinerario cronológico por la vida de la protagonista con diversas secciones dedicadas a periodos claves en su vida: Polonia, París y Ciudadana del Mundo.



Una sección especial está dedicada a sus tres viajes a España (1919, 1931 y 1933) y el apartado final corresponde a la saga Curie.



La muestra consta de paneles explicativos, filatelia y numismática internacional, la reconstrucción de su laboratorio, libros, publicaciones, fotografías, premios y diplomas.









La exposición incluye un guiño a nuestro Premio Nobel, Santiago Ramón y Cajal. Los dos científicos fueron contemporáneos. Santiago Ramón y Cajal nació el 1 de mayo de 1852 en la villa navarra de Petilla de Aragón; Maria Sklodowska-Curie, quince años después, el 2 de noviembre de 1867, en Varsovia, que en aquel momento estaba sometida al poder ruso. La muerte sorprendió a ambos el mismo año: 1934. La científica polaco-francesa murió a los 67 años, el 4 de julio, en un sanatorio de los Alpes franceses a los pies del Montblanc, víctima de una anemia perniciosa aplástica causada por un larga acumulación de radiaciones; el científico español falleció el 17 de octubre, a los 82 años, en su casa de Madrid frente al parque de El Retiro, por uremia, según costa en el certificado de defunción.
En ninguno de los legados, museos y archivos familiares consultados, hemos encontrado constancia de que Santiago Ramón y Cajal coincidiera con Marie Curie en alguna de las tres visitas que ella realizó a España. La primera fue en 1919, con su hija mayor Irène; la segunda en 1931, con su hija menor Ève y la tercera en 1933, sola. España fue el país al que más veces acudió, exceptuando Polonia, su país natal.
En 1919, vino a Madrid para participar, del 20 al 28 de abril, en el I Congreso Nacional de Medicina, que había tenido que posponerse en varias ocasiones por la mal llamada “gripe española”. Ese congreso, al que acudieron numerosos médicos españoles, portugueses y latinoamericanos, fue inaugurado por el rey Alfonso XIII en el Teatro Real, donde la científica polaco-francesa intervino como invitada de honor.
Sus descubrimientos del polonio y el radio, que habían dado inicio a la radiactividad, ya habían sido coronados con dos Premios Nobel: de Física en 1903, y de Química en 1911. Durante la Primera Guerra Mundial había ideado los Petites Curie, vehículos radiológicos equipados con un aparato de Rayos X que permitían localizar la metralla en los cuerpos heridos de los soldados, para ser operados en el campo de batalla. Esta desconocida labor humanitaria desarrollada por la gran científica salvó innumerables vidas e impidió numerosas amputaciones. Durante el conflicto bélico, Curie impulsó enormemente el desarrollo de la naciente radiología, llegando escribir el libro “La radiología y la guerra”.
Durante su discurso en la ceremonia inaugural del congreso, celebrada el 20 de abril en el Teatro Real, Marie Curie agradeció a Alfonso XIII la labor humanitaria desarrollada desde la neutralidad española durante la guerra con los prisioneros de ambos bandos. Esa altruista tarea fue muy difundida en Francia, porque comenzó con la carta que una lavandera francesa dirigió al rey solicitándole ayuda para buscar a su marido, un soldado desaparecido en la batalla de Charleroi en agosto de 1914. Tras movilizar a las embajadas españolas en Berlín y París, Alfonso XIII la informó que su marido era prisionero de los alemanes. A partir de ese momento, el rey se propuso hacer todo lo posible para favorecer la comunicación de los prisioneros de ambos bandos con sus familiares. Desde el Palacio Real se gestionaron miles de expedientes de ayuda implicando a las diferentes embajadas. Arthur Rubinstein, Vaslav Nijinsky, Maurice Chevalier o familiares de Giacomo Puccini fueron algunos de los beneficiarios de la intermediación española. Por esta ayuda humanitaria durante la Primera Guerra Mundial, Alfonso XIII fue propuesto al Premio Nobel de la Paz por la Oficina Pro Cautivos.
La intervención de Marie Curie en la inauguración del Congreso de Medicina, en la que hizo mención de la labor del rey durante el conflicto, fue muy aplaudida. El gran médico y humanista Gregorio Marañón publicó una crónica en el periódico *El Liberal, *y dos días después también reseñó la conferencia que la científica ofreció en la Facultad de Medicina de San Carlos, a la que acudió la reina madre María Cristina. Antes de regresar a París, Marie Curie fue nombrada presidenta de honor de la Real Sociedad Española de Radiología y Electrología Médicas y Alfonso XIII le concedió la Cruz de la Orden de Alfonso XII, condecoración que había sido solicitada a través de las páginas del periódico ABC.
El segundo viaje de Marie Curie a España tuvo lugar en abril de 1931, recién instaurada la Segunda República. Llegó acompañada del gran físico español Blas Cabrera para ofrecer dos conferencias sobre radiactividad. El 23 de abril ofreció la primera, organizada por la Sociedad de Cursos y Conferencias de la Residencia de Estudiantes, a la que acudió un joven Severo Ochoa y algunas mujeres intelectuales españolas. La segunda conferencia fue coordinada por el catedrático de Química Inorgánica, Enrique Molés en la Universidad Central. La entonces alumna Carmen de Michelena recordó la impresión que le había causado la eminente científica: Era dulce, atrayente y simpática. Vestía de oscuro y tenía unas manos finísimas, de investigadora.
Durante ese viaje, Gregorio Marañón recibió a Marie Curie y a su hija Ève en su magnífico cigarral toledano. Antes de regresar a París, recorrieron el sur y el Levante español, y desde Barcelona regresaron en tren a la capital francesa. Las cartas que durante ese viaje Marie Curie escribió a su hija Irène son un valioso testimonio del ambiente que se vivía en la naciente República Española, así como de su preocupación porque el pueblo español no sufriera demasiados desengaños. Durante ese viaje fue elegida miembro correspondiente extranjera de la Real Academia de Ciencias Físicas, Exactas y Naturales.
Su tercer y último viaje a España tuvo lugar un año antes de su muerte, en mayo de 1933. Entonces acudió como vicepresidenta del Comité Internacional de Cooperación Intelectual de la Sociedad de Naciones, para presidir en la Residencia de Estudiantes la II Reunión Internacional del Comité de Letras y Artes sobre “El Porvenir de la Cultura”. Ese encuentro, que convocó en Madrid a los máximos representantes de la cultura, la ciencia y el arte internacionales, tuvo lugar del 3 al 6 de mayo. Entre los asistentes estaban los españoles Miguel de Unamuno, Salvador de Madariaga o Gregorio Marañón, el científico francés Paul Langevin, la poeta rumano-francesa Elena Vacarescu, el compositor polaco Karol Szymanowski o el poeta francés Paul Valéry, que definió a los participantes como D**onquijotes del espíritu que se pelean contra sus molinos de viento. En el acto inaugural, celebrado el 3 de mayo, Marie Curie pronunció su famosa frase:
Es indispensable para el futuro de la civilización que la magia de las conquistas de orden científico y de la gloria de las realizaciones técnicas se desarrollen en un conjunto armónico, con la aceptación de una doctrina que instituya un régimen de paz y de amistad entre los hombres y las naciones, bajo la supremacía universal de la razón y de una moral digna de este nombre.
A pesar de la relevancia científica y social de Santiago Ramón y Cajal, por cuyas trascendentales investigaciones sobre la estructura del sistema nervioso había recibido en 1906 el Premio Nobel de Medicina, no consta que ambos científicos se encontrasen en alguna de las tres estancias de Marie Curie en España. Pero ciertamente, Santiago Ramón y Cajal la admiraba, pues alabó su trascendente labor científica en más de una ocasión. En su libro “Reglas y Consejos sobre Investigación Científica”, escrito para aconsejar a jóvenes investigadores sobre el trabajo en el laboratorio y que ha inspirado numerosas vocaciones -entre ellas la de Severo Ochoa- Cajal cita varias veces a Marie Curie y a su marido, Pierre Curie. La primera vez en el segundo capítulo del citado libro:
En general, puede afirmarse que no hay cuestiones agotadas, sino hombres agotados en las cuestiones. Esquilmado para un sabio el terreno, muéstrase fecundo para otro. Un talento de refresco, llegado sin prejuicio al análisis de un asunto, siempre hallará un aspecto nuevo, algo de lo que no se percataron quienes creyeron definitivamente apurado aquel estudio. Tan fragmentario es nuestro saber, que aún en los temas más prolijamente explorados surgen a lo mejor insólitos hallazgos. iQuién, pocos años ha, hubiera sospechado que la luz y el calor guardaban todavía secretos para la Ciencia! Y, sin embargo, ahí están el argón de la atmósfera, los rayos X de Roentgen y el radio de los esposos Curie, para patentizar cuán insuficientes son nuestros métodos y cuán prematuras nuestras síntesis.
Capítulo II. Preocupaciones enervadoras del principiante.
El texto del tercer capítulo contiene la frase de Cajal sobre Marie Curie que hemos seleccionado para el vinilo que forma parte de nuestra exposición en Logroño:


*En todo caso, si alguien se nos adelanta, haremos mal en desalentarnos. Continuemos impertérritos la labor, que al fin llegará nuestro turno. **Ejemplo elocuente de incansable perseverancia nos dio una mujer gloriosa, Madame Curie, *cuando, habiendo descubierto la radiactividad del torio, sufrió la desagradable sorpresa de saber que poco antes el mismo hecho había sido anunciado por Schmidt en los “Wiedermann Annalen”; lejos de desanimarle la noticia, prosiguió sin tregua sus pesquisas, ensayó al electroscopio nuevas sustancias, entre ellas cierto óxido de urano (la pechblende) de la mina de Johanngeorgenstadt, cuyo poder radiactivo sobrepuja en cuatro veces al del uranio. Y sospechando que aquella materia tan activa encerraba un cuerpo nuevo, emprendió, con el concurso de M. Curie, una serie de ingeniosos, pacientes y heroicos trabajos, cuyo galardón fue el hallazgo de un nuevo cuerpo, el estupendo radio, cuyas maravillosas propiedades, provocando numerosas investigaciones, han revolucionado la química y la física.
Capítulo III. Cualidades del orden moral que debe poseer el investigador.
Dos capítulos más adelante vuelve a citar al matrimonio Curie:
Evolucionistas convencidos en teoría, resultan providencialistas en la práctica. Como si confiaran en el milagro, desean estrenarse con hazaña prodigiosa. Recordando acaso que Hertz, Mayer, Schwann, Roentgen, Curie iniciaron su vida científica con un gran descubrimiento, aspiran a ascender, desde el primer combate, de soldados a generales, y se pasan la vida planeando y dibujando, construyendo y rectificando, siempre en febril actividad, siempre en plena revisión, incubando el gran engendro, la obra asombrosa y arrolladora. Y los años transcurren, y la expectación se fatiga, y los émulos murmuran, y los amigos estrujan la imaginación para cohonestar el silencio del grande hombre. Y mientras tanto, sobre aquel tema tan detenidamente explorado, acariciado y lamido llueven en el extranjero importantes monografías que arrebatan, ¡ya!, a nuestro ambicioso investigador el halago de la prioridad, y le obligan a cambiar de rumbo. Sin desanimarse, el megalófilo aborda otro tema, y cuando tiene casi construido el imponente monumento, nuevos émulos, que se permiten fabricar ciencia al por menor, vuelven a amargarle la existencia. Y al fin llega a la vejez entre el silencio indulgente de los discípulos y la irónica sonrisa de los sabios.
Capítulo V. Enfermedades de la voluntad.
Y la última cita está inserta en el Capítulo VI del libro, donde alude a los matrimonios que, además de compartir la vida, han compartido su amor a la ciencia y muchas horas de investigación:
¡Con qué admiración, no exenta de envidia, hemos contemplado en algunos laboratorios esas parejas dichosas, entregadas afanosamente a la misma labor, en la cual pone cada cónyuge lo más exquisito de su temperamento mental y de sus aptitudes técnicas! Sin insistir en el ejemplo conmovedor de los esposos Curie, descubridores del radio, y concretándonos al reducido círculo de nuestras amistades y aficiones científicas, surgen en nuestra memoria las imágenes de tres admirables parejas: M. y Mme. Dejérine, de París, consagrados al estudio de la anatomía normal y patológica del cerebro; M. y Mme. Nageotte, de la misma ciudad, entregados en común a investigaciones histológicas y neurológicas, y, en fin, los esposos Vogt, del Instituto Neurológico de Berlín, ocupados en la magna empresa de la cartografía parcelaria del cerebro humano, al modo de los astrónomos que se pasan la vida absortos en la fotografía y catalogación de las estrellas nebulosas.
Capítulo VI. Condiciones sociales favorables a la obra científica.
Dada su patente estima por Marie Curie, sorprende que Santiago Ramón y Cajal no se encontrase con ella durante los tres viajes que la eminente científica realizó a nuestro país. Seguramente la mala salud del científico español, que le obligaba a periodos de reposo, y su animadversión a los actos oficiales fuesen la causa de sus ausencias.
El recorrido expositivo termina con una sección dedicada a la “Saga Curie”: su hija Irène y su yerno Frédéric Joliot, que en 1935 recibieron el Premio Nobel de Química por su descubrimiento de la radiactividad artificial, convirtiendo a la familia Curie en la más galardonada de la historia: 5 Premios Nobel. También forman parte de esta sección los hijos del matrimonio Joliot-Curie: Hélène Langevin-Joliot y Pierre Joliot, eminentes científicos que han seguido la trayectoria de sus abuelos y de sus padres. Precisamente ha donado para esta exposición el traje popular de Cracovia que le regaló la hermana de su abuela, Bronia Sklodowska, y que han utilizado todos los niños de la familia desde entonces. Este traje se exhibe en una vitrina.
Termina la exposición con un panel dedicado a la rosa “Irène Joliot-Curie”, creada por la prestigiosa hibridadora de rosas nuevas, Matilde Ferrer, también creadora de la rosa “Ramón y Cajal”. La rosa “Irène Joliot-Curie” fue presentada, el 4 de junio de 2023, por sus hijos Hélène Langevin-Joliot y Pierre Joliot en la rosaleda de Bagatelle del parisino Bois de Boulogne.







Hasta el 25 de mayo de 2025 pueden disfrutar de la exposición *María Sklodowska-Curie. Una polaca en París, *en la Casa de las Ciencias de Logroño. Tras su clausura, continuará itinerando por diversas sedes españolas y extranjeras.

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