Segundo artículo escrito bajo el seudónimo de Doctor Bacteria. Santiago Ramón y Cajal sorprendía a los lectores de La Clínica - Semanario de Medicina, Cirugía y Farmacia, en la serie de artículos de divulgación que denominó Las Maravillas de la Histología.
Dejando aparte el estilo, inspirado en la manera frondosa y bejucal del gran Castelar —¡estilo Castelar sin Castelar!—, alentaba en dichos trabajitos el buen propósito de llamar la atención de los médicos curiosos sobre el encanto inefable del mundo, casi ignoto, de células y microbios, y de la importancia excepcional de su estudio objetivo y directo.
Cajal > Recuerdos de mi vida > Sumario > Segunda parte, II
ZARAGOZA, 5 DE AGOSTO DE 1883.
LA TEORÍA CELULAR
Artículo I
No es verdad que vosotros, los no iniciados en los secretos de la vida, os habéis preguntado muchas veces, ¿qué se esconde en el interior de esas máquinas frágiles y efímeras que se llaman seres organizados? ¿Dónde está el oculto resorte, la energía interior que los mantiene a través del tiempo y del espacio en lucha abierta con las fuerzas físico-químicas?
¿Quién habita esas magníficas construcciones que forman el vegetal y el animal, la aérea y graciosa del pájaro, la bella y perfumada de la flor y la más severa y grandiosa del mamífero? ¿Son los cuerpos organizados conglomerados de materia muerta que sirven de suntuosa y solitaria morada del espíritu, expresamente aparejada para servirle y festejarlo, o son, como la ciencia moderna afirma, el falansterio, la fábrica inmensa habitada por millares de obreros microscópicos, a cuyo trabajo se deben todas las actividades orgánicas?
El alga que alfombra la roca abrupta y el pino gigante que taladra las nubes, el enorme cetáceo y el miserable cítodo, ¿poseen algo que les sea común a pesar de su exterior desemejanza?
Preguntas son estas que la ciencia moderna puede contestar de un modo categórico y rotundo, después que la peregrina invención de Jansen ha acrecentado nuestra potencia visual, poniéndonos de manifiesto un nuevo mundo lleno de no soñadas maravillas.
Para conocer algunas de esas sabias respuestas, venid con nosotros al gabinete de un micrógrafo. Allí, sobre la platina del microscopio, desgarrad el pétalo de una flor, sin consideración a su hermosura ni a su aroma; tomad un trozo de los tejidos de un animal: no respetéis esos mortales despojos; ponedle en el potro del porta-objetos y disociadle sin piedad aunque sus fibras palpiten y se estremezcan al contacto de las agujas, asomaos ahora a la ventanilla del ocular, y… cosa notable, resultado imprevisto, la hoja del vegetal como el tejido animal os revelarán por todas partes una construcción idéntica, especie de colmena formada por células y más células separadas por una argamasa intersticial poco abundante, y albergando en sus cavidades, no la miel de la abeja, sino la miel de la vida, bajo la forma de una materia albuminóide, semisólida, granulosa y diáfana, que encierra en su seno un pequeño corpúsculo.
Examinad ahora una gota de saliva, un poco del epitelio que cubre vuestra lengua, un pedazo de la trama del corazón o del cerebro, el moho de las materias orgánicas en descomposición, y aun mejor (si no os repugna el sacrificio, de un alfilerazo en holocausto a la ciencia), una gota de vuestra propia sangre: y, siempre la misma referida arquitectura, células y células más o menos transformadas, repitiéndose con una uniformidad y monotonía insufribles.
Esta tenacidad de composición de los tejidos orgánicos, así en el líquido como en el sólido, en el músculo como en el nervio, en el tallo como en el fruto, esta repetición fastidiosa del mismo tema estructural con ligerísimas variaciones, es la verdad primordial de la histología, es el hecho sobre que se asienta la famosa teoría celular.
Afirma osadamente esta doctrina que los seres orgánicos no son una unidad, sino una pluralidad; que cada célula es un organismo en miniatura, que en número infinito pueblan nuestro cuerpo como pueblan las especies orgánicas el planeta. Sostiene que las propiedades vitales de los órganos y aparatos dependen de las virtudes fisiológicas de las células, únicos y genuinos depositarios de la vida. Enseña que la armonía y suprema unidad que resplandecen en la máquina viviente, se deben al engranaje y solidaridad creada por la división del trabajo fisiológico y a la dirección superior y sabia coordinación ejercida por las autocráticas células nerviosas. Declara que todos los elementos formes (fibras, tubos, granulaciones) y amorfos (materias intersticiales) o son células transformadas o materias debidas a la elaboración de las mismas. Anuncia que no son precisas las disposiciones complejas de los órganos y aparatos para el ejercicio de las actividades vitales, que para este fin basta y sobra la célula, pues existen organismos tan sencillos, toscos y primitivos, que constan solamente de una célula y gozan no obstante de los elevados privilegios de la materia viviente. Y, por último, si la célula es lo que vive, la célula es solamente lo que enferma y lo que muere, y a ella será preciso dirigir, en definitiva, el análisis patogénico y los recursos de la terapéutica.
Cómo, objetarán algunos de nuestros lectores poco familiarizados con estas peregrinas ideas, ¿será posible que dentro de nuestro orgánico edificio habiten multitud de inquilinos, y que se agiten y estremezcan a impulsos de espontánea actividad sin que nos apercibamos de ello? ¿Y nuestra famosa unidad psicológica, y la conciencia y el pensamiento en que han venido a parar con esa atrevida transformación del hombre en un polípero?

Verdad inconcusa es que pueblan nuestro cuerpo millones de organismos, cuya tranquila existencia se desliza sin ruido ni aparato; comensales asiduos y silenciosos que se sientan a nuestra mesa y se alimentan de nuestra savia; eternos y fieles compañeros de glorias y fatigas, cuyas alegrías son nuestras alegrías, cuyas desgracias son nuestras desgracias y cuya destrucción arrastra también la ruina de nuestro cuerpo; y cierto, ciertísimo es que tantas, tan variadas y próximas existencias pasan desapercibidas para nosotros; pero este fenómeno tiene fácil y llana explicación si consideramos que el hombre siente y piensa por sus células nerviosas, que el no yo metafísico, el mundo exterior comienza en realidad en las fronteras de las circunvoluciones cerebrales.
Esta concepción con su sabor extra-materialista no arruina el armónico y suntuoso edificio de la unidad de pensamiento y de conciencia, pues estas elevadas manifestaciones, tan unas reputadas como facultades de un principio inmaterial hipotético, que consideradas como un resultado funcional debido a las nobles actividades de los elementos nerviosos.
He aquí en sus rasgos más generales expuesta la doctrina celular, generalización la más hermosa y trascendente llevada a cabo por las ciencias biológicas y que informa, con su fondo esencialmente filosófico, todos los estudios y conquistas de la moderna medicina.
Pero en nuestro afán por llegar a conclusiones correctas, después de las promesas sentadas, hemos olvidado conocer personalmente al humilde habitante de nuestro cuerpo, a ese ser liliputiense que casi se confunde con la nada por su extrema pequeñez, y que da lugar, no obstante, a las actividades más grandes y elevadas del cosmos. Acerquémonos a él, sorprendámosle en las intimidades de su vida privada ayudados del microscopio, y allí cara a cara, con ese respeto y recogimiento que inspira todo lo grande y misterioso, hagamos su detenido examen.
Su color es pálido, cristalino, su forma varía, esférica prismática o poliédrica; su porte, humilde unas veces, como en la célula conjuntiva, aparatoso y soberbio otras, como en la célula muscular y en la nerviosa; su estructura se reduce a una cubierta, especie de epidermis que la protege de las inclemencias del medio, un contenido albuminoideo granuloso llamado protoplasma, y un núcleo, glóbulo excesivamente pequeño que se alberga en el seno de aquél.
La estatura de estos organismos es asaz insignificante, y muy variada comparada en las distintas provincias orgánicas. Si colocamos una célula sobre un cristal que ofrezca un milímetro dividido en milésimas solo llenará 7 a 20 de estas fracciones. Sin embargo, no todas son tan enanas y raquíticas: en ciertas fértiles comarcas habitan células como las nerviosas y grasientas con una talla que oscila entre 2 y 6 centésimas. Estos son los gastadores de la organización; pero la célula magna monstruosa, extraordinaria, especie de ballena histológica, es el óvulo que alcanza más de una décima de milímetro de estatura.
De aquellos tres elementos celulares, el protoplasma, el núcleo y la cubierta, solo aquel es indispensable al elemento orgánico; el boato del núcleo y del nucleolo, el lujo de una vestidura que abrigue al protoplasma de los roces exteriores, constituyen disposiciones de perfeccionamiento cuya ausencia no afecta a la substancialidad de las funciones celulares.
(Continuará.)
Dr. Bacteria
Dr Bacteria - HistologiaDescarga
Mención:
-
Artículo en La Clínica gracias a José Ramón Seco.
-
Fig. 141. — Esquema de la estructura del núcleo de las neuronas. — a, nucleolo con sus esferas argentófilas; b, cuerpo accesorio; c, casquete cromático; e, grumo hialino; a, granitos basiófilos; g, armazón fibrilar. Más información.
-
Figura 109. Polípero de una madrépora. Más información.

Comentarios
Para activar los comentarios: ve a giscus.app, introduce el repositorio
joseadserias-dotcom/cajal-digitaly reemplaza los IDs ensrc/layouts/Articulo.astro.