Primer artículo escrito bajo el seudónimo de Doctor Bacteria. Santiago Ramón y Cajal sorprendía a los lectores de La Clínica - Semanario de Medicina, Cirugía y Farmacia, en la serie de artículos de divulgación que denominó Las Maravillas de la Histología.
Ocupábame también por entonces en la publicación de una obra extensa de Histología y técnica micrográfica, que apareció por cuadernos.
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Sentíame avergonzado y dolorido al comprobar que los pocos libros anatómicos e histológicos, no traducidos, publicados hasta entonces en España, carecían de grabados originales y ofrecían exclusivamente descripciones servilmente copiadas de las obras extranjeras. A la citada obra estuve ahincadamente consagrado desde 1884 a 1888. Al acabarse, comprendía 203 grabados en madera, copiados de mis preparaciones, y ejecutados por un excelente artista valenciano, y contaba con 692 páginas, de letra menuda.
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El editor Aguilar hizo, según noticias, un bonito negocio.
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En vena de confidencias acerca de mis publicaciones de aquellos tiempos, no debo omitir ciertos artículos de popularización histológica que, bajo el título de Las maravillas de la Histología, aparecieron en La Clínica, semanario profesional de Zaragoza, dirigido por mi condiscípulo y amigo don Joaquín Gimeno Vizarra. Algunos de estos artículos, desbordantes de fantasía y de ingenuo lirismo, fueron reproducidos y ampliados después en la Crónica de Ciencias Médicas de Valencia. Firmábalos el doctor Bacteria, pseudónimo terrible, que yo usaba para mis temeridades filosófico-científicas y las críticas loco-serias.
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ZARAGOZA, 22 DE JULIO DE 1883.
Las maravillas de la histología
Pocos estudios hay en los dominios de las ciencias naturales que hayan llamado más vivamente la atención de los sabios, y que los guarden más atractivos para el que de todo corazón se entrega a su cultivo, que los estudios anatómicos y fisiológicos. Y, sin embargo, por virtud de injustas preocupaciones respecto a los procederes analíticos de estas ciencias, en la actualidad son de entre todas las más impopulares. Para que una persona de entendimiento medianamente cultivado sería criminal ignorancia no poseer nociones generales de la ciencia astronómica, geológica, física, etc., ciencias llenas de atractivos y maravillas, es cierto, pero que en último resultado, estudian solamente los atributos de la materia bruta; mientras que es general, y nadie estima censurable el total desconocimiento de la biología, Ia ciencia que más nos importa, que más de cerca nos afecta, que da conocimiento de la propia personalidad en sus dos fases anatómica y fisiológica. No será, seguramente, que estas indagaciones hasta hoy explotadas no más en beneficio de la medicina, estén vacías de belleza y exentas de esos encantos que para el sabio, igualmente que para el amateur encierran otros estudios, antes al contrario, la naturaleza viva nos revela por todas partes maravillas y misterios, bellezas y armonías incomparables, pues parece que en ella el principio creador, el supremo artista, se ha excedido a sí mismo, desplegando a nuestros ojos, por un alarde de su poder soberano, toda la riqueza de colores de su mágica paleta, las más espléndidas galas de su poderosa fantasía, y las más sabias y armoniosas combinaciones de su inteligencia.
Interesar al público por estos estudios placenteros, revelar en la medida de nuestras deficientes fuerzas los atractivos que encierra el mundo de la vida, demostrar que el microscopio del histólogo nos da a conocer maravillas más estupendas que el telescopio del astrónomo, tales son los varios fines a que los presentes artículos se encaminan.
Para aquellos que no hayan tenido la fortuna de contemplar los fenómenos de la vida desde el ocular del microscopio, estas páginas les revelarán, sorprendentes espectáculos, y excitarán quizás su curiosidad por conocerlos de visu y gozar los puros deleites que tales observaciones proporcionan.
Y tampoco estarán desprovistas de interés para aquellos que, teniendo noticia de estos curiosos fenómenos por las frías y descarnadas descripciones de las obras didácticas, entiendan que la anatomía está reñida con la imaginación, que el concepto estático y dinámico de los órganos es indigno de la inspiración del poeta y de las meditaciones del filósofo.
Por ventura, vosotros los que así pensáis, ¿habéis contemplado sin emoción, sin experimentar el estremecimiento de lo sublime, el fenómeno de la circulación de la sangre. ¿No os ha llenado de admiración el eterno correr del hematíe, impulsado por la onda sanguínea del centro del capilar mientras que el glóbulo blanco, más prudente y discreto, busca un abrigo junto a la pared, rodando pausadamente sobre ella, como huyendo del tumulto de la corriente y de los choques y violencias de los glóbulos?
La curiosa movilidad ameboidea que permite al leucocito abrir una brecha en la pared vascular, desertando a las comarcas conjuntivas, a la manera del preso que lima las rejas de su cárcel para recobrar la ansiada libertad; los campos traqueales y laríngeos sembrados de pestañas vibrátiles ondeando por virtud de secretos impulsos como las espigas al soplo de brisa primaveral; el incansable latigueo del zooespermo, que movido por espontánea energía, corre en busca del óvulo, objeto de sus amores; la callada agitación del citodo que, nuevo Proteo, experimenta en un instante caprichosísimas transformaciones; la célula nerviosa, la más noble raza de los elementos orgánicos, de estirpe epitelial, que tiende sus cien brazos de gigante como los tentáculos de un pulpo hasta las provincias fronterizas del mundo exterior, para vigilar las constantes asechanzas de las fuerzas físico-químicas; el óvulo, con su sencilla y severa arquitectura, que encierra el secreto de la evolución de las formas orgánicas, especie de nebulosa donde bullen en germen, mundos innumerables, que se desprenderán en futuros anillos: las geométricas rayas de las células musculares donde como en la locomotora, el calor se transforma en fuerza mecánica.
La célula glandular que, por sencilla manera fabrica las materias de la química viviente, consumiendo su propia vida con admirable generosidad, en provecho de las demás células sus hermanas; los elementos óseos, albañiles del edificio orgánico que fabrican el armazón calcáreo del esqueleto; las células adiposas modelos de economía doméstica que preveyendo nuestras futuras escaseces reservan los alimentos sobrantes del festín de la vida para utilizarlos en las huelgas orgánicas y en los grandes conflictos nutritivos; todos estos fenómenos tan varios, tan sabiamente dispuestos, seducen con atractivo irresistible, y su contemplación produce en nuestro espíritu una satisfacción tan pura como duradera.
Y si del campo de los fenómenos concretos de la vida nos remontamos a la amplia esfera de las doctrinas biológicas, ¡cuántas grandiosas creaciones del genio! ¡qué bellas y luminosas hipótesis!
La teoría celular nos presenta los seres organizados construidos con unas mismas piedras, las células o protoplasmas, ordenadas y yuxtapuestas con arreglo a diversos estilos arquitectónicos. Ella nos revela en las innumerables formas y complejas estructuras orgánicas un fondo común, una base física general, el protoplasma, materia albuminoide donde solamente la vida se encarna, y dotada de atributos y virtualidades idénticas en los dos reinos.
Esta unidad de composición, igualdad esencialmente democrática que identifica y confunde a todos los representantes de la vida, desde el hongo hasta el mamífero, viene a ser el memento homo que a todas partes nos sigue, insultando nuestra vanidad de dioses y mostrándonos que el hombre, el rey de la creación, la más elevada manifestación de la vida en el planeta, no posee ningún privilegio sobre los demás seres sus hermanos, pues como ellos, nace, se nutre, reproduce y muere, y como en ellos sus más nobles facultades se deben a las propiedades cardinales de una misma sustancia.
¿Y qué diréis de la hermosa teoría del desarrollo continuo de Remack y de Virchou, de esa luminosa concepción por cuya virtud las células de nuestro cuerpo se enlazan en estrechísima dependencia, como el darwinismo enlaza las especies o la atracción newtoniana los astros?
Por cada día, el genio del anatómico, comprimido hasta poco há en la órbita estrecha de los hechos concretos e incoherentes, remonta su vuelo a mayores alturas escalando las cimas de la abstracción científica y condensando el polvo infinito de los fenómenos biológicos en un corto número de verdades generales.
Y en conclusión, se ha dicho que la botánica es el jardín del naturalista; la histología debe constituir el jardín del biólogo y del médico. Allí podrá éste descansar como en tranquilo oásis de las fatigas de su azarosa profesión, cicatrizando las heridas que los roces con la realidad y la lucha por la vida producen en su alma, y el microscopio será para todos el templo sagrado donde la diosa naturaleza revelará sus más preciados secretos, siempre atenta y solícita para aquellos que paciente y respetuosamente la interrogan.
(Continuará.)
Dr. Bacteria
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Mención:
- La Clínica - Semanario de Medicina, Cirugía y Farmacia gracias a Zaguán, Repositorio institucional de Documentos de la Universidad de Zaragoza.
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