Siempre se ha dicho que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer y esto en el caso de Ramón y Cajal se confirma con creces, porque gracias a aquella joven humilde e incluso de poca cultura pudo llegar a donde llegó. Fue la compañera ideal, no solo en el matrimonio y como madre de familia (tuvieron 7 hijos) sino también como ayudante en el laboratorio y como «salvación económica» en los momentos más necesarios y difíciles. A este respecto se cuenta que cuando el científico se desesperaba porque nadie en España le hacía caso ni le ayudaban fue ella la que ahorrando consiguió la suma que necesitaba para ir al Congreso de la Sociedad Anatómica Alemana, celebrado en Berlín, donde iba a exponer su descubrimiento del funcionamiento del sistema nervioso, porque el Ministerio y la Universidad le negaron hasta lo que costaba el viaje y el hospedaje.
Asemejábase al de las madonas de Rafael






Las madonas de Rafael, a las que generalmente uno se refiere como “las dulces madonas de Rafael”, son una de las causas fundamentales por las que se considera que este joven artista alcanza lo más sublime de la belleza renacentista.

¿Dónde está la clave de su belleza? En que no se queda en los rasgos bonitos, o en la armonía, o en la elegancia de la postura. La idealización que logra Rafael no es física, sino espiritual. En su expresión hay pureza, ternura, serenidad interior, amor de madre.
Porque, como nos gusta decir: la belleza no es sólo la de las cosas bonitas.

Para un soñador impenitente, despreciador del vil metal y de todos los prejuicios sociales, claro es que mi matrimonio debía indefectiblemente ser un enlace de amor.
He aquí cómo conocí a mi futura: de vuelta de un paseo por Torrero, encontré cierta tarde a una joven de apariencia modesta, acompañada de su madre. Su rostro, sonrosado y primaveral, asemejábase al de las madonas de Rafael, y aún mejor, a cierto cromo-grabado alemán que yo había admirado mucho y que representaba la Margarita del Fausto. Me atrajeron, sin duda, la dulzura y suavidad de sus facciones, la esbeltez de su talle, sus grandes ojos verdes encuadrados de largas pestañas y la frondosidad de sus rubios cabellos; pero me sedujo más que nada cierto aire de infantil inocencia y de melancólica resignación emanados de toda su persona. Seguí a la gentil desconocida hasta su domicilio; averigüé que era huérfana de padre —un modesto empleado—, y que se trataba de una muchacha honrada, modesta y hacendosa. Y entablé relaciones con ella. Tiempo después, sin que los consejos de la familia fueran poderosos a disuadirme, me casé, no sin estudiar a fondo la psicología de mi novia, que resultó ser, según yo deseaba, complementaria de a mía.
Santiago Ramón y Cajal. Recuerdos de mi vida. Sumario, Primera parte, XXVII.

Pero, dejemos que sea el propio Nobel quien nos hable de lo que significó su matrimonio con Silveria Fañanás García:
Recuerdo que cierto compañero, extrañado de verme entrar con tanta inconsciencia e intrepidez en el gremio de los padres de familia, exclamó: «¡El pobre Ramón se ha perdido definitivamente! ¡Adiós estudio, ciencia y ambiciones generosas!».
Fatídicos eran los presagios: mi padre vaticinaba mi muerte en breve plazo; los amigos me daban por definitivamente fracasado.
Y en principio, mis censores tenían razón. Es incuestionable que, en la mayoría de los casos, la vanidad femenil, junto con las necesidades y afanes del hogar, acaparan financieramente toda la actividad mental del esposo, a quien se impone, con todo su desolador prosaísmo, el conocido primum vivere… Mas en esta clase de asuntos es preciso, para acertar, fijarse, más que en las enseñanzas de la experiencia general, en las condiciones individuales, en las tendencias y sentimientos íntimos. Además, olvidamos a menudo que, en la sociedad conyugal, al lado de factores económicos, actúan también resortes éticos y sentimentales decisivos, a cuyo influjo prodúcense impensadas y casi siempre felices metamorfosis de la personalidad física y moral de los esposos.
En virtud de estos cambios, y de la consiguiente integración de actividades, la sociedad conyugal constituye una entidad superior, capaz de crear valores mentales y económicos enteramente nuevos o apenas latentes en los sumandos.
Por no haber tenido en cuenta estos factores, fallaron de medio a medio las profecías de los amigos. Físicamente, mejoré a ojos vistas, reconociendo todos que, desde mi regreso de Cuba, jamás fue mi estado tan satisfactorio. Mi mujer, con una abnegación y una ternura más que maternales, se desvelaba por cuidarme y consolidar mi salud. En cuanto al tan cacareado abandono del estudio y de toda ambición elevada, bastará hacer notar que años siguientes, y cuando ya tenía dos hijos, publiqué mis primeros trabajos científicos y gané por oposición la cátedra de Anatomía de Valencia.
La armonía y la paz del matrimonio tienen por condición inexcusable el que la mujer acepte de buen grado el ideal de vida perseguido por el esposo. Malógranse, por tanto, la dicha del hogar y las más nobles ambiciones cuando la compañera se erige, según vemos a menudo, en director espiritual de la familia, y organiza por sí el programa de las actividades y aspiraciones de su cónyuge. Bajo este aspecto, debo confesar que jamás tuve motivo de disgusto.
Lejos de lamentar, según les ha ocurrido a muchos aficionados a la ciencia o al arte en España, esa derivación casi exclusiva de los ingresos hacia las disipaciones y vanidades de la indumentaria, del teatro o del lujo doméstico, sólo hallé en mi compañera facilidades para costear y satisfacer mis aficiones y continuar mi carrera. No hubo, pues, dinero para perifollos, teatros, coches y veraneos, pero sí para libros, revistas y objetos de Laboratorio. Y aunque estos elogios parezcan extraños y aun inconvenientes en mi pluma, complázcome en declarar que, no obstante una belleza que parecía invitarla a brillar y ostentarse en visitas, paseos y recepciones, mi esposa se condenó alegremente a la obscuridad, permaneciendo sencilla en sus gustos, y sin más aspiraciones que la dicha tranquila, el buen orden en la administración del hogar y la felicidad del marido y de sus hijos.
Que, dados mi carácter y tendencias, mi elección fue un acierto, reconociéronlo pronto mis progenitores, singularmente mi madre, que acabó por querer sinceramente a su nuera, con quien compartía tantas virtudes domésticas y tantas analogías de gustos y carácter.
Santiago Ramón y Cajal. Recuerdos de mi vida. Sumario, Primera parte, XXVII.





Un hombre aficionado a la cultura se perdería en el azul a no ser que la mujer, como el lastre y la cuerda de un globo, lo volviese prudentemente a la tierra otra vez.

Silveria Fañanás por Dawn Hunter
Saber más:
-
Silveria, una gran mujer, Julio Merino, Diario de Córdoba, 9 de julio de 2017.
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Rafael, la belleza sublime y las madonas, 3minutosdearte.com
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La huella de Santiago Ramón y Cajal en Barcelona, Joaquín Callabed, Andalán, 1 de mayo de 2011.
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Art, Intuition, and Identity in Ramón y Cajal, Dawn Hunter, 1 de abril de 2024.

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