Hoy tenemos el lujo de disfrutar de un magnífico artículo de P.J. Serrano Castro en la revista sobre Neurología y Neurohumanidades, Kranion: Cajal y el vuelo de las «mariposas del alma»: los orígenes de la neurociencia moderna.
Santiago Ramón y Cajal protagonizó una de las historias de investigación científica más apasionantes que la humanidad ha conocido. De manera insospechada dentro de su entorno científico, fue capaz de elaborar y demostrar la veracidad de la teoría de la neurona y, posteriormente, desarrollar proféticas teorías acerca de su desarrollo, funcionalidad y plasticidad, muchas de las cuales han sido comprobadas por la neurociencia actual. Proponemos un rastreo minucioso por la biografía de Cajal en busca de los orígenes de esa singular intuición científica que lo proyectó a la cumbre de la investigación biomédica. El azar dispuso que Cajal, durante sus estudios de doctorado, tuviera su primer contacto con la histología y se viera obligado a profundizar en las teorías vigentes sobre la patogenia de la inflamación. Así, tuvo conocimiento de la hipótesis vascular de Julius Cohnheim, que, en contra de la opinión de su maestro, Virchow, convertía en protagonistas de la inflamación a los leucocitos gracias a su capacidad para desarrollar movimientos ameboides dirigidos por señales químicas. La teoría quimiotáctica de Cohnheim marcó de forma indeleble la concepción de la biología de Cajal, y la resolución empírica del dilema planteado que él mismo acometió determinó la forja de su carácter científico. Los postulados básicos del quimiotactismo son reconocibles en diferentes momentos de la trayectoria investigadora de Cajal, desde la descripción del «cono de crecimiento» en los neuroblastos embrionarios, origen de la teoría neurotrópica, hasta la genial propuesta de los mecanismos fisiopatológicos de la plasticidad neuronal.
P.J. Serrano Castro Jefe de Servicio de Neurología Hospital Regional Universitario de Málaga
Consulta el artículo en Kranion

Las mariposas del alma desplegaron por primera vez sus alas espoleadas por la observación pertinaz de los movimientos ameboides de un leucocito afanándose por salir de un capilar sanguíneo a través del ocular de aquel microscopio marca Verick cuya compra tanto sacrificio le supuso. El aire removido por ese batir de alas aún se percibe en la ciencia universal.
P.J. Serrano Castro


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